viernes, 22 de diciembre de 2017

Eclipse de sol por la muerte de Bécquer

En la mañana fría del 23 de diciembre de 1870, los restos mortales de Gustavo Adolfo Bécquer son enterrados en la Sacramental de San Lorenzo de Madrid. Había muerto el poeta sevillano el día anterior, 22 de diciembre, en su casa de Madrid, calle Claudio Coello del barrio de Salamanca, a las diez de la mañana, a los treinta y cuatro años de edad.
Media hora después de su muerte, a las diez y media de la mañana, un eclipse total de sol oscureció el cielo de Sevilla como si los sevillanos hubieran echado un telón oscuro al astro rey para enlutar la ciudad en oscuro silencio por la muerte del poeta.


En la Rima 25, Bécquer había presentido:

En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.

–Seguramente que deseo vivir –escribió en 1869, cercano ya a su muerte prematura–, porque la vida, tomándola tal como es, sin exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos; pero vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes, sin ambiciones, con esa felicidad de la planta que tiene a la mañana su gota de rocío y su rayo de sol; después un poco de tierra echada con respeto y que no apisonen y pateen los que sepultan por oficio; un poco de tierra blanda y floja que no ahogue ni oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna hierba que me cubra con su manto de raíces, y por último, un tapial que sirva para que no aren en aquel sitio ni revuelvan los huesos. He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono. Ser una comparsa en la inmensa comedia de la humanidad; y, concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se aperciba siquiera de mi salida.
Este es Bécquer, pendulando siempre de un nihilismo fatal a la profunda creencia en la resurrección de la carne. En su tercera carta Desde mi celda había escrito:
–Soñaba esa vida tranquila del poeta que irradia con suave luz de una en otra generación; soñaba que... cuando la muerte pusiese un término a mi existencia, me colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad a la orilla del Betis... Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo mi monumento... Pasado algún tiempo, y después que la losa comenzara a cubrirse de manchas de musgo, una mata de campanillas, de esas campanillas azules con un disco de carmín en el fondo que tanto me gustaban, crecería a su lado enredándose por entre sus grietas...; para leer mi nombre, ya borroso por la acción de la humedad y los años, sería preciso descorrer un cortinaje de verdura. Pero, ¿para qué leer mi nombre...? En la tarde, y a la hora en que las aguas del Guadalquivir copian temblando el horizonte de fuego, la árabe torre y los muros romanos de mi hermosa ciudad, los que siguen la corriente del río en un ligero bote que deja en pos de sí una inquieta línea de oro, dirían al ver aquel rincón de verdura donde la piedra blanqueara al pie de los árboles: «Allí duerme el poeta».
No fue así, como soñara Bécquer. Pero sí pudo descansar a orillas del Guadalquivir y a la sombra de la árabe torre, aunque no con el musgo y las campanillas azules asomando por las grietas de su sepulcro. Sevilla solicitó en abril de 1884 el traslado de sus restos para ser depositados en el templo de la Universidad Literaria. Pero se opuso el director general de Instrucción Pública don Aureliano Fernández Guerra. Pasaron unos años y la Academia Sevillana de Buenas Letras gestionó de nuevo su traslado en octubre de 1910.
Concedido el permiso hay que esperar esta vez a que el Ayuntamiento sevillano cuente en sus presupuestos de 1912 con la cantidad de cuatro mil pesetas para los gastos del traslado. Por fin, exhumados sus restos y los de su hermano Valeriano, llegaron a Sevilla el 9 de abril de 1913, en una mañana lluviosa, que si a la muerte del poeta el sol de Sevilla se ocultó en eclipse, al llegar sus restos el cielo de la ciudad que le vio nacer se abrió en lluvia de llanto. Cuarenta y tres años hacía de la muerte de Bécquer y treinta y uno de los esfuerzos fallidos de José Gestoso por traer a Sevilla los restos del poeta.
Enterrado está desde entonces en la iglesia de la Anunciación, Panteón Sevillano de Hombres Ilustres. Se lo recuerda al visitante un ángel funerario, sin espada alguna, con el libro de las Rimas en su mano izquierda y un escudo en su derecha, donde se lee: «En la cripta de este templo yacen las cenizas del poeta Gustavo Adolfo Bécquer. Por acuerdo e iniciativa de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras fue erigido este monumento a expensas del Ilmo. señor marqués de Casa Dalp. MCMXIV».
En su deseo de que figurase en la galería de sevillanos ilustres de la Biblioteca Colombina el retrato de Gustavo Adolfo Bécquer, José Gestoso regaló en 1879 una pintura, obra del pintor Sánchez Barbudo, pero el cuadro fue relegado a un oscuro rincón, como la lira que evocó el poeta.

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.

Gestoso recuperó el óleo en 1885 y lo depositó en la biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País. Pasados unos años, cuando la figura de Bécquer se condensa en el recuerdo exclusivo y siempre fresco de sus rimas y leyendas, el retrato de Bécquer fue colocado de nuevo en la Biblioteca Colombina.

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