martes, 29 de marzo de 2016

Expulsión de los moriscos

La historia de los moriscos en España ocupa el período comprendido entre los años 1492 y 1609, en que son expulsados. Descendientes de los mudéjares –moros que permanecieron en España bajo el dominio de los reyes cristianos, conservando sus creencias religiosas y sus costumbres–, los moriscos son esos moros convertidos al cristianismo, aunque frecuentemente acusados de que bajo la apariencia de conversión seguían practicando su antigua religión. Es la historia de un siglo largo de difícil convivencia con los cristianos viejos, con represiones, sublevaciones y guerras, especialmente en los lugares donde se hallaban más extendidos (Granada, Valencia, Aragón).
¿Se hizo inevitable la expulsión? En los contemporáneos no se han detectado voces discrepantes, sintiendo al unísono la necesidad de esta limpieza étnica, que en nuestro tiempo nos parece aberrante. Hay que situarse en el siglo XVI para sentir con ellos el miedo visceral al «peligro turco», o la marcha de los acontecimientos de Marruecos, o la conspiración descubierta de los moriscos valencianos con la reina de Inglaterra. En su expulsión hay un hecho religioso, sin duda, pero adobado con necesidades estratégicas de la Corona y antagonismos económicos.
  

Lo cierto es que Felipe III ordena su expulsión, comenzando por los de Valencia en 1609. Siguen los de Andalucía a comienzos de 1610, para terminar con los de Aragón, Cataluña, Castilla y Extremadura, estos últimos de más difícil solución al ser pocos y hallarse más diseminados. En total, unos 300.000 moriscos salieron de España al finalizar el año 1610.
El bando de expulsión de los moriscos de Murcia, Granada, Jaén, Córdoba y Sevilla (con inclusión de los de la villa de Hornachos, en Extremadura) fue publicado en Sevilla el 12 de enero de 1610. El edicto tenía unas cláusulas especialmente severas: no podían sacar más bienes que los que podían llevar consigo. Si marchaban a países cristianos, se les permitía llevar a sus hijos. Si marchaban a Berbería o a Turquía, destino más lógico de la mayoría de aquellos desgraciados, tenían que dejar a los hijos menores de siete años. Esta cruel disposición de separar a los hijos de sus padres se atenía a la lógica de aquel tiempo de poder salvar a los niños educándolos en la religión cristiana.
En Sevilla se reunió «un crecido número de estos niños, desde los que se encontraban en la lactancia, hasta los que próximamente cumplían la edad marcada, y como el Estado no proveyó directamente el sustento y crianza de estos pequeñuelos, fue forzoso procurar el concurso de personas piadosas que de ello se encargaran. El marqués de San Germán se dirigió, en este sentido, al Cabildo eclesiástico de Sevilla, aceptando voluntariamente los capitulares, en 10 de febrero, amparar a 232 muchachos; mas el marqués les entregó el día 14 a 300, de los que encargaron 186 a los prebendados, 40 por cuenta de la Fábrica de la Iglesia, y los 68 restantes a personas honradas. Nombró el Cabildo diputación para que velase por estas desgraciadas criaturas y para que recibiese los que pudiese entregar el comisionado y procurar que se entregasen a personas piadosas por mano del Cabildo» (Hazañas).
Fueron 30.000 los moriscos salidos del reino de Sevilla y sólo del Aljarafe 5.024. Un romance, citado por Caro Baroja, recoge los lamentos llorosos de las mujeres que invocaban en su dolor a la Virgen de Belén o del Rosario y sentían afecto a sus parroquias y devociones cristianas. Un mercader, incluso, dejó 4.000 ducados de manda a la Virgen de la Hiniesta...

De la muy noble Sevilla, / que por copia se han sacado / treinta mil y más van juntos / hombres, mujeres, muchachos, / de grande y pequeña edad, / de pobre y de rico estado. / Del Aljarafe vinieron / cinco mil y veinticuatro: / otros cabos que no cuento / casi llegan a otro tanto. / Y las moriscas mujeres / torciendo las blancas manos, / alzando al cielo los ojos / a voces dicen llorando: / –¡Ay, Sevilla, patria mía! / ¡Ay iglesia de San Pablo, / San Andrés, Santa Marina, / San Julián y San Marcos! / Otras lloran por los sitios / donde tenían sus tratos. / Otras llamaban a voces / a la Virgen del Rosario / y a la Virgen de Belén: / ¡Ella sea en nuestro amparo! / Y muchos de los moriscos / antes de ser embarcados, / dejaron muy ricas mandas / a los templos señalados. / Hubo entre ellos mercader / que en San Julián es nombrado, / que a la Virgen de la Iniesta / dejó cuatro mil ducados. 

Imaginemos la difícil situación de estos infortunados moriscos en los países de acogida. Muchos de ellos no llegaron siquiera: han muerto en el camino o en los barcos donde son transportados. Los que sobreviven y son acogidos en países musulmanes sienten hostilidad porque se les considera cristianos; los acogidos en Francia o Italia, porque se les considera herejes. España perdió con esta sangría de hombres y mujeres los mejores braceros para el cultivo de la tierra con sus sistemas de irrigación de canales, acequias y compuertas que sólo ellos dominaban.

jueves, 24 de marzo de 2016

El Cachorro «no cuelga, está»

Lo ha escrito Muñoz y Pabón, el canónigo más castizo de Sevilla de principios del siglo XX: El Cachorro no cuelga del madero, está. «Canta el real Profeta: Dios reinará desde un leño... y en verdad que no es posible traducción más justa de la frase de David que el Cachorro de Triana... El Cristo del Patrocinio realmente reina. Clavados en el cielo los vidriados ojos, en que ha querido poner el escultor, realismo hasta en eso, el estrabismo de la agonía, parece que llama al Padre para en sus divinas manos entregar el espíritu... ¡unos momentos más de sed y de amargura y todo habrá quedado consumado! Es el momento del Cristo de Triana...  ¡Y qué modo tan divinamente sublime de tenerse en la Cruz! No cuelga, está. Su Cruz, más que un patíbulo, parece trono, y más que reo proscrito, parece Rey triunfante». 


El Cachorro es el Señor de la tarde del Viernes Santo en la Semana Santa de Sevilla, y su paso por el puente de Triana, proyectada su imagen en las sombrías aguas del Guadalquivir, silueteada entre una hilera interminable de cirios encendidos, es el momento culminante de su carrera procesional. Se dice, se cuenta, la leyenda en Sevilla es historia viva, que el Cachorro es la imagen agonizante de un gitano que retuvo en su retina Francisco Antonio Gijón, escultor que labró con su buril el sublime momento de la expiración de Cristo. Lo hizo en 1682. El 1 de abril de ese año se concertó con Francisco Antonio Gijón la hechura del Crucificado de la Expiración, el popular Cristo trianero, según la siguiente escritura:
–Sepan cuantos esta carta vieren, cómo yo, Francisco Antonio Gijón, maestro escultor vecino de esta ciudad de Sevilla, en la collación de Santa Lucía, otorgo y conozco que soy convenido y concertado con la Cofradía y hermanos de la Expiración de Jesucristo en la Cruz y Ntra. Sra. de la Paz, sita en la ermita de Ntra. Sra. del Patrocinio de esta salida de la calle Castilla, extramuros de la ciudad, con Andrés Núñez, como mayordomo, que al presente es de dicha Cofradía, por lo que me obligo de aquí al mes de mayo de este año presente de 1682, haré una escultura de Nuestro Señor de la Expiración, de dos varas y cuarto de alto (1,89 m.), de madera de cedro, con Cruz de pino de Flandes y la madera que fuera necesaria para ello y de poner de mi cuenta y entregaré al dicho mayordomo, a satisfacción de maestros de mi arte que de ello entiendan, por razón de lo cual, la dicha Cofradía me ha de pagar novecientos reales de vellón, en que entra la madera y manufactura, y por cuenta de esta cantidad, declaro haber recibido ahora de contado doscientos reales de vellón, y los restantes, están obliga­dos a pagármelos para fin del mes de abril en que estamos, y los quinientos restantes para fin de mayo.
Obra cumbre del barroco, que por sí sola inmortaliza a su autor, el utrerano Francisco Antonio Gijón, el Cachorro, el Cristo de Triana, estuvo a punto de desaparecer el 26 de febrero de 1973 al declararse un incendio en su capilla de la calle Castilla. La Virgen del Patrocinio, obra de Cristóbal Ramos, desapareció entre las llamas y el Cachorro sufrió lesiones importantes en las piernas. El Cristo fue restaurado por técnicos de la Dirección General de Bellas Artes y la nueva talla de la Virgen es obra del escultor Álvarez Duarte. En la Semana Santa de 1975 procesionó de nuevo el Cachorro por el puente de Triana. Espero que este Viernes Santo, –con permiso de la lluvia que lo ha fastidiado otros años– lo veamos procesionar de nuevo.
Esta imagen es una joya de la Semana Santa sevillana.

domingo, 20 de marzo de 2016

Pío XII versus Hitler

Está a punto de aparecer en España el libro «Church of Spies» del escritor norteamericano Mark Riebling, con la misma titulación: «Iglesia de espías. La guerra secreta del Papa contra Hitler».
«El Confidencial», que se subtitula, «El Diario de los lectores influyentes», ya dio el 7 de noviembre pasado una amplia reseña de este libro con un titular más agresivo: «La iglesia de los espías: el plan secreto de Pío XII para matar a Hitler, al descubierto». Y cuenta:
–Riebling asegura que Pío XII decidió hacer todo lo que estuviera en su mano para matar a Hitler –al fin y al cabo, el tiranicidio es un acto legítimo para los católicos desde tiempos de Santo Tomás de Aquino–, pero sus confidentes alemanes, muchos de ellos bien colocados en los servicios de inteligencia y el ejército del Tercer Reich le pidieron que no dijera, y perdón por el chiste, ni pío.
La editorial, que publica el libro en español, da estas razones para leerlo:
–Es un libro sin precedentes que abre nuevas perspectivas en nuestra forma de entender la Segunda Guerra Mundial. Un libro que desvela que el papa Pío XII, al que incluso algunos han llegado a apodar como el Papa nazi, en realidad fue una pieza básica para la derrota de Hitler. Con la tensión narrativa y el suspense de los mejores relatos de espionaje.
Y ofrece el aperitivo de poder leer por internet el primer capítulo, capítulo que es todo una pura fantasía. Esa tarde del 2 de marzo de 1939, la fumata bianca anunciaba la elección del cardenal Pacelli con el nombre de Pío XII. Después de su aparición en la logia central de la Basílica de San Pedro y las aclamaciones de los romanos, que vieron que después de muchos años, un Papa nacido en Roma era elevado a la sede de San Pedro, se retiró a sus apartamentos evidentemente cansado. Recibió a algunos de sus amigos y cuando quedó solo con sus tres monjas alemanas que lo cuidaban pudo cenar y rezar el rosario con ellas. Las monjas se retiraron después a sus estancias y el nuevo Papa, como de costumbre, siguió trabajando, supongo, en el discurso del día siguiente ante los cardenales. A las seis de la mañana, ya estaba en pie para los rezos matutinos y la misa que ofició ante sus monjas, entre ellas sor Pascalina.
Pues no. Riebling comienza su libro fantaseando sobre esa primera noche del nuevo Papa. Cuenta el susodicho escritor norteamericano:
–Cuando volvió a su aposento se encontró un pastel de cumpleaños con sesenta y tres velas. [Ese día cumplía Pío XII 63 años]. Le dio las gracias a su ama de llaves [supongo que se refiere a Sor Pascalina], pero no probó el pastel. Tras rezar el rosario, hizo venir a su inseparable compañero, monseñor Ludwig Kaas. Ambos salieron de la estancia papal y no volvieron hasta las dos de la madrugada.
Ludwig Kaas era el administrador de la Basílica de San Pedro. Y sigue narrando Riebling: Esa noche…
–Pacelli y Kaas cruzaron los pasillos de la parte posterior del palacio y entraron en un hueco del muro meridional de la Basílica de San Pedro. Tras pasar por entre las estatuas de san Andrés y de santa Verónica, llegaron a una puerta. Por ella accedieron a un túnel que llevaba hasta otra puerta pesada, hecha de bronce y provista de tres cerraduras. Kaas la abrió con las llaves de su breviario y una vez dentro la volvió a cerrar. Siguió entonces a Pacelli, y tras descender por una escalera metálica, llegaron a la cripta vaticana.
Allí estuvieron –dice Riebling– hasta las dos de la madrugada…
Si todo el resto del libro es igual de fantasioso como esta primera página de su libro, apaga y vámonos.
Yo tengo prevención de estos considerados historiadores norteamericanos que se pasean por el mundo sabiendo únicamente inglés. Con el inglés podrán ir a cualquier parte del mundo, pero con el solo inglés no se investigan archivos que están en lenguas como el latín, el italiano, el francés o el alemán. Es lo que dice la editorial en la publicidad del libro. Está escrito…
Con la tensión narrativa y el suspense de los mejores relatos de espionaje.
Y me coloca a un Pío XII, «Jefe» de una conspiración para asesinar a Hitler con «el suspense de los mejores relatos de espionaje».
Esa conspiración está contada en un libro mío titulado «Pío XII versus Hitler y Mussolini» (Editorial Monte Carmelo, 2014), donde relato sin fantasías de cowboys, la verdad de la trama que organizó el almirante Canaris, jefe de la Abwehr, servicio de espionaje militar alemán, convencido de que Hitler, «un aficionado a la política con ideas de conquistar el mundo», arruinaría Alemania. El estallido de la guerra precipitó el deseo de llevar a cabo la operación de derrocar a Hitler. Necesitaban los conjurados para ello a Gran Bretaña y Francia y para conectar con las dos potencias aliadas se valieron de la intermediación del Vaticano. Es toda una operación compleja que reflejo en el capítulo 11 de mi libro con el título de: «Complot contra Hitler».


 Quien quiera saber la verdad, sin fantasías norteamericanas, en mi libro está. Lo que ocurre es que el libro se halla en una Editorial humilde y yo, personalmente, no tengo un rimbombante apellido americano, que mola mucho.
Una cosa tiene el libro de Riebling: desbanca la teoría de ese otro libro nefasto de un exseminarista inglés que tituló «El Papa de Hitler», pero le echa el sambenito de hacerlo poco menos que el «Jefe» de una conspiración triple para liquidar al tirano, que para un católico, dice, no es pecado.
Finalmente, ¿sabéis una cosa? No pienso comprar el libro de Riebling. No me mola, como dice la chavalería.

viernes, 18 de marzo de 2016

Viernes de Dolores

Litúrgicamente no se celebra ya en este viernes, 18 de marzo, los Dolores de la Virgen, fiesta que ha pasado al 15 de septiembre, tras la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, pero popularmente se sigue denominando Viernes de Dolores, anterior al Domingo de Ramos. A esta devoción, pues, me quiero referir, que los cristianos compartimos en estos días de Cuaresma los dolores del Señor con los de nuestra Madre la Virgen María, tan cercana a su Hijo. Y felicitar de paso a cuantas Dolores, Lolas o Lolis lean estas líneas.
La tradición popular ha cifrado en siete los dolores fundamentales que María sufrió en la corredención de su Hijo. Unos están fundados en los Evangelios y otros en la tradición de la Iglesia.


María Santísima de la Soledad, de la Hermandad de los Servitas de Sevilla.

Esta devoción se extendió a partir del siglo XIII, tras la fundación en Italia de la orden mendicante de los Siervos de María, conocidos popularmente por Servitas. Sus siete fundadores, laicos florentinos, mercaderes de la lana, pusieron como objetivo de la nueva orden la santificación y devoción a María especialmente en su soledad y amargura durante la pasión y muerte de Jesús. Tal vez los Siete Dolores de la Virgen vengan del número de sus fundadores. De hecho, la iconografía religiosa representa a la Virgen de los Dolores con siete espadas clavadas en su corazón.
Y vayamos a describir los Siete Dolores:
Primer dolor: La profecía del anciano Simeón, cuando, en la presentación de Jesús en el templo, anuncia a María que su Hijo «está puesto para que todos en Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida, mientras que a ti una espada te traspasará el corazón» (Lc 2, 34-35).
Segundo dolor: Huida a Egipto. El ángel se apareció en sueños a José: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta nuevo aviso, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2, 13).
Tercer dolor: El niño Jesús perdido y hallado en el templo. Al encontrarlo, María le dijo a Jesús: «Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? ¡Mira con qué angustia te buscábamos tu padre y yo!» (Lc 2, 41-46).
Cuarto dolor: María encuentra a su hijo con la cruz a cuestas. Es el encuentro de Jesús con su madre en la calle de la Amargura. No aparece en los Evangelios, pero es lógico pensar que así sucediera, ya que la veremos poco después junto a la cruz.
Quinto dolor: María al pie de la cruz. En aquel momento tremendo en que Jesús procura por la suerte de su madre y dice a Juan: «Ahí tienes a tu madre». Y desde entonces el discípulo la tuvo en su casa (Jn 19, 25-27).
Sexto dolor: María recibe en sus brazos a su hijo difunto. No consta en los Evangelios, pero una madre no se marcha del lugar en que su hijo está colgado de la cruz. «José de Arimatea, discípulo de Jesús, pero clandestino por miedo a los judíos, le pidió a Pilato que le dejara quitar el cuerpo. Pilato lo autorizó. Él fue y quitó el cuerpo de Jesús» (Jun 19, 38).
Séptimo dolor: Sepultura de Jesús y soledad de María. «En el sitio donde lo crucificaron había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo donde todavía no habían enterrado a nadie… y pusieron allí a Jesús» (Jn 19, 41-42).

sábado, 12 de marzo de 2016

El libro, «medicina del alma»

Acabo de editar un nuevo libro. Para un autor que acumula ya más de setenta publicaciones puede parecer que ello no le causa especial emoción. Pero no es así. Es una criatura nueva que se lanza al mundo. Y uno se pregunta: ¿Tendrá lectores? ¿Gustará la criatura?
Os enseño aquí la portada. Pero no quiero hablar de este libro en concreto en este momento. Deseo abstraerme y reflexionar acerca del fenómeno del libro, que para mí supone tanto y tanto le debo. ¡No sé los centenares de libros que he leído en mi vida ni la cantidad de ellos que mantengo en mi biblioteca!


 Sea, pues, protagonista el libro.
El libro, «medicina del alma» era el lema que presidía la biblioteca del rey Osimandia de Egipto, hace tantísimos años.
Habría que decir también con el proverbio: «Dime lo que lees y te diré quién eres». Que en la afición de leer y en la selección de los libros escogidos está en gran medida retratado nuestro talante. Hay costumbre en Cataluña –que para gracia de ellos y desgracia nuestra son más leídos que nosotros– de regalarse un libro y una rosa el 23 de abril, Día del Libro, escogido este día en recuerdo de la muerte de Cervantes y Shakespeare.
Antes, hasta no hace mucho tiempo, las mujeres regalaban a los hombres un libro y los hombres a las mujeres una rosa. Pero ello ha parecido feo en estos tiempos de paridad de género, y con razón, como si las mujeres vivieran de la pura estética o belleza de la flor y no sintieran la inquietud intelectual que dimana de la lectura de un buen libro. Por cierto, leen ellas más que ellos. Por eso, en aras de la igualdad de sexos, en la actualidad todos se regalan un libro y una rosa.
Lo de la rosa me da igual, que en esto sabemos bastante bien regalarnos, pero el regalo de un buen libro sí sería cosa hermosa de imitar. Porque, al fin y al cabo, como enseña el refrán, un libro al año no hace daño. Que no debe existir una casa sin un rincón para los libros preferidos. Lo decía Cicerón, allá en tiempo de romanos: «Una casa sin libros es como un cuerpo sin alma». O el lema que sirve de título a este artículo y que presidía la entrada de la biblioteca del rey Osimandia de Egipto: «Medicina animae» (medicina del alma).
Pues tengamos el gusto de comprar y leer libros buenos, aunque no muchos libros. Y libros permanentes. Si un libro no debe ser leído dos veces, tal vez no merezca ser leído ni siquiera la primera vez. Porque, como decía Ruskin, «todos los libros se pueden dividir en dos clases: libros del momento y libros de todo momento». Son preferibles estos últimos, y el primero de ellos, que no debe faltar en ninguna casa cristiana, es el libro de la Biblia. No esa Biblia grandota, de pastas monumentales, que solían vender puerta a puerta y a mensualidades (en mi casa había una), con traducciones generalmente anticuadas. Más sirven para el ornato de la casa que para la lectura. O tal vez, más sirve para el ejercicio de pesas que para la meditación de la palabra de Dios. En las librerías religiosas de la ciudad existen Biblias muy propias en estos momentos, con traducción bien cuidada. Y con la Biblia, otros libros.
Es algo en lo que me fijo cuando visito una casa. Los libros que aparecen en ella. Qué libros tienen, si están bien cuidados, la selección de temas, el lugar preferencial o no que ocupan en el hogar... Porque me parece la imagen más certera del talante de la familia que me acoge.
Hay un programa de televisión –no recuerdo cómo se llama–, que suele mostrar casas de famosos. Magníficas casonas, con jardín y piscina incluidos, pero donde curiosamente observo la falta de dos elementos que a mí me resultarían esenciales: una biblioteca y algo también alarmante, algún signo religioso.
La publicación de este mi último libro que acaba de aparecer me ha movido a reflexionar aquí sobre la lectura de un buen libro, cosa que, me parece, está en crisis. Una prueba de ello es la serie de librerías que se están cerrando de un tiempo a esta parte en mi ciudad de Sevilla. E imagino que en otros lugares pasará lo mismo.

sábado, 5 de marzo de 2016

El Obispo de los Sagrarios abandonados

Durante años, cuando iba a decir misa a las Empleadas de la Inmaculada, en el barrio de San Bartolomé, he pasado por la puerta de la casa donde nació Manuel González García, en la calle Vidrio de Sevilla. Una lápida en su fachada recuerda que en esa casa de vecinos nació el 25 de febrero de 1877 el que será con el tiempo obispo de Málaga y Palencia.
Antes de ayer, el papa Francisco firmó el decreto que autoriza la canonización del beato sevillano Manuel González García, según ha informado la oficina de prensa del Vaticano. La fecha de su canonización –que será próxima– aún no está señalada. Fue beatificado el 29 de abril de 2001 por Juan Pablo II.


 Un santo más en la nómina ya extensa del santoral de la Iglesia de Sevilla. Un santo de Dios bien probado en este mundo.
El milagro elegido por la Congregación para las Causas de los Santos ha sido la curación de una mujer de Madrid afectada por un linfoma agresivo.
En el suelo de la Capilla del Sagrario de la catedral de Palencia, en el lugar de paso, para mayor humildad, se halla la sepultura del obispo Don Manuel, un sevillano de carácter bien alegre. Siendo un curita joven dio una misión en Palomares del Río, pueblecito del Aljarafe sevillano, y ante el abandono de aquella iglesia rural sintió la vocación del Sagrario abandonado, que le llevaría a la fundación de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret y Marías de los Sagrarios.
Hay tres etapas relevantes en su vida que se concretan en tres ciudades: Huelva, Málaga y Palencia. En la ciudad onubense era conocido como el «Arcipreste de Huelva» y realizó en los primeros años del siglo XX una extraordinaria labor educativa, ayudado por un maravilloso pedagogo como fue don Manuel Siurot. En 1907 fundó la Escuela Católica del Sagrado Corazón de Jesús para educación y enseñanza gratuita de niños pobres y en 1909, en la inmensa barriada de «El Polvorín», una Colonia Agrícola Escolar para la formación de los hijos de los mineros de la Compañía de Minas de Riotinto.
Nombrado obispo auxiliar de Málaga como ayuda de su achacoso prelado don Juan Muñoz Herrera, a los 38 años se convirtió en el obispo más joven de España. Y el más sufrido. Enseguida se dio cuenta en propia carne de la envidia y del rechazo de parte del clero y del cabildo catedral hacia su persona. «Los leales», así llamados los del octogenario obispo, le hicieron el vacío y le levantaron alguna que otra calumnia que rozaba la moralidad de todo eclesiástico. Murió el obispo titular y le sucedió en la sede malagueña. Llegada la República en 1931, los problemas se le complican al obispo. El 11 de mayo ocurrió la quema de conventos en Madrid. El 12 de mayo, réplica en Málaga, con 48 templos y locales cristianos quemados, entre ellos el mismo palacio episcopal.
El obispo don Manuel había acogido a las Hermanas de la Cruz en unas dependencias anejas al palacio episcopal. Las Hermanas llevaban ya algún tiempo en Málaga, pero la inauguración oficial de la nueva casa a la que se puso bajo la protección de Nuestra Señora de la Victoria, patrona de la capital malagueña, tuvo lugar el 25 de marzo de 1931. Mes y medio después, en la madrugada del 12 de mayo, hubieron de huir con el obispo don Manuel por la puerta trasera ante un palacio episcopal en llamas.
Cuenta el suceso una Hermana:
–Sorprendidas por el incendio del palacio episcopal, hubieron de escribir nuestras Hermanas una de las más bellas páginas de la persecución iniciada; primero, esperando a cada momento perecer entre las llamas; luego, teniendo que salir y recorrer las calles de la ciudad, formando grupo con el Ilustrísimo Señor Obispo y sus familiares, entre las exaltadas turbas que hablaban a su alrededor de darles muerte al llegar a determinado lugar. Dejáronlas una vez satisfecho su capricho con aquel paseo de burla y escarnio. Y después de cinco amarguísimos días, pasados en casa de la caritativa familia que las acogió, exponiéndose por este solo hecho a las iras revolucionarias, se vinieron a Sevilla el día 17.
El obispo con la gente de palacio se refugió en el vecino colegio de los Maristas y, tras no pocas peripecias, busca el refugio de Gibraltar y de ahí el destierro definitivo. No volverá a pisar Málaga. En 1935 le trasladan a la diócesis de Palencia y en ella encuentra el sosiego que no tuvo en tierras malagueñas y su plácida muerte, que le pilló en Madrid, el 4 de enero de 1940. 

martes, 1 de marzo de 2016

Historia de una alpargata andariega

Mañana, 2 de marzo, es el 84 aniversario de la muerte de Santa Ángela de la Cruz en 1932, cuando aún no se había cumplido el segundo año de la República y el gobierno republicano de entonces rotuló la antigua calle Alcáceres por el de Sor Ángela de la Cruz. Porque así de sorprendente fue la figura menuda de Madre Angelita en esta Sevilla de mis pesares.


Cuando hace unos años escribí la biografía de esta santa sevillana, me atreví a escribir en la primera página:

«Que pregunten a un sevillano quién es Sor Ángela de la Cruz.
»—Sor Ángela de la Cruz es Sor Ángela de la Cruz, y basta.
»Que una voz forastera trate siquiera de empañar su nombre, y verá.
»Amigos, en lo tocante a Sor Ángela, en Sevilla no existen montes­cos y capuletos, o séase, béticos y sevillistas, o si me apuran, y con perdón, de la Esperanza Macarena o de la Esperanza de Triana.
»Aquí todo el mundo en general es de Sor Ángela de la Cruz.»

Desgraciadamente, hace unos días –tan solo unos días–, unos mentecatos ediles del Ayuntamiento sevillano, salidos de las cloacas de la ciudad, se han erigido en portavoces de no sé qué para querer quitar los nombres religiosos de las calles y entre ellos el de Santa Ángela de la Cruz.
La respuesta ciudadana fue inminente. Una buena multitud de personas se dio cita al día siguiente ante el Ayuntamiento para manifestar el rechazo de estos ediles analfabetos de la ciudad y de sus tradiciones.
Pero yo quiero contar hoy –ya que en otra ocasión hablé de su santa muerte– de una curiosa anécdota de Sor Ángela.
Es la historia de una alpargata.
De una alpargata de Sor Ángela, sólo una, aparecida entre los es­combros de un viejo chalé de Madrid.
¿Acaso la perdió Madre Angelita correteando por el Madrid de entonces?
¿Por qué suya esa alpargata?
Esta bonita historia ocurrió en diciembre de 1980, en el lugar de San Rafael, zona residencial de Madrid. Bajo la chimenea de un de­rruido chalé que va a ser construido de nuevo, un albañil hurga entre los escombros y le llama la atención una caja rectangular de plástico transparente, muy deteriorada, con el fondo como de damasco muy deslucido, las paredes cosidas y unidas entre sí con hilo grana. Dentro de ella, en buen estado, se encontraba una alpargata negra, cosi­do sobre su empeine un trocito de seda blanca y escrito con tinta ne­gra: «Usada por Nuestra Madre Fundadora Sor Ángela de la Cruz». Y lacrada con el sellito «H.C.». La dejó allí. Creía que aquello no tenía la menor importancia. Pero se lo contó a una monjita amiga, Sor Josefa, de las Mensajeras de la Paz. Y ésta le animó a que le trajera lo que ha­bía encontrado. No conocía a las Hermanas de la Cruz, pero pensó que si se tratara de un objeto de la Fundadora de su Congregación, le gustaría conservarlo. Buscó a las Hermanas de la Cruz residentes en Madrid y le entregó, con el alborozo de éstas, la preciosa reliquia de Madre.
La alpargata fue traída enseguida a Sevilla. Es menuda, pequeña, como el pasito silencioso y menudo de Sor Ángela, con los laterales del esparto un poco carcomidos por el mucho andar.
Su par, que también se conserva, se encontraba en la Casa de Mon­tellano. También fue traída a Sevilla, para que así las alpargatas de Ma­dre reposen juntas e inspiren a sus Hijas, cuando las contemplen, el dulce caminar de su Fundadora.
Si esta alpargata de Sor Ángela aterrizó en Madrid se debió a una donación que en tiempos hicieron las Hermanas de la Cruz al general Gonzalo Queipo de Llano. Pero Queipo murió en 1951 y la reliquia pasó a alguien de su familia y aterrizó en un chalé de Madrid.
Es lo que ocurre. Las familias pasan, y el sentimiento de afecto ante esta reliquia se ador­mece en las siguientes generaciones.
Ya está en Sevilla la alpargata andariega, en la Casa Madre, junto a sus Hijas, que gustan de guardar con minuciosidad todo recuerdo, por mínimo que sea, de Madre. A este espíritu se debe el que conser­ven todo lo suyo: sus Papeles de Conciencia, salvo diez semanas que se supone que la misma Sor Ángela destruyó (conservándose el resto porque una Hermana la sorprendió y le arrancó el escrito de las manos); todos sus papeles, por minúsculos que sean, borradores en sobres vueltos, etc... Y todas sus pertenencias: sus vestidos, todo lo utilizado por ella ha sido siempre venerado por sus hijas, que lo han guardado como reliquias de su extraordinaria santidad. No pocos bienhechores de la Congregación han recibido a lo largo del tiempo algunos de estos inestimables objetos: la pluma con que escribía, un cubierto de madera, esta misma zapatilla...
La zapatilla andariega volvió tras muchos años a Casa.
Y las Hermanas de la Cruz, felices y contentas.
Fue como un regalo chiquito de Madre.
Casi como una travesura.