sábado, 9 de abril de 2016

Quien dice verdades, pierde amistades

Me parece que es de santo Tomás de Aquino esta frase: «Quien dice verdades, pierde amistades». Y si non è vero, è ben trovato, que dicen los italianos.
Creo haber perdido el aprecio de dos curas, compañeros míos de la Universidad Pontificia de Comillas, porque dije ciertas cosas de Cataluña que han herido sus sensibilidades. Y es que el nacionalismo es tan sensible como vulnerable.
Me ocurre también con mi último libro sobre el cardenal Segura. Basta que en la entrevista que se me hizo en ABC apareciera en el titular eso del «hijo secreto» del cardenal para que se dispararan las alarmas de más de uno. Por supuesto, sin leer el libro.


 Un profesor de Universidad ha preguntado a otro, amigo mío, sabedor del libro porque lo ha leído:
–¿Merece la pena comprarlo o es simplemente un libro amarillo?
Y el catedrático aludido le ha respondido que el libro está muy bien documentado. Y que refleja la complejidad de este personaje –no solo esa anécdota de juventud– de cara a la política de su tiempo y de la Iglesia. Expulsado de España por la República, sus diferencias con el nuncio Tedeschini y Ángel Herrera Oria, a los que acusa que son ellos y no el Gobierno republicano los que lo han echado de España, su vuelta a España después de un exilio en Roma de seis años, su pontificado en Sevilla, su choque con la Falange y Franco, que a punto estuvo también de expulsarlo de España en 1940, el rompimiento total con Franco en 1953 y la carta que Segura escribe a Pío XII donde da su versión de los hechos y retrata el pensamiento que él tiene y ha tenido de Franco (carta inédita hasta ahora) y, finalmente, su destronamiento de la sede hispalense por Pío XII en 1954. Un cardenal atípico, montaraz y selvático…, así lo calificaban en la República.
Ocurre también que un cura «dogmático» –joven, de esos bien etiquetados con su clergyman, como gusta a monseñor– se ha acercado por la Librería San Pablo de Sevilla y ha protestado al Hermano Esteban que se venda allí el libro de Segura de Carlos Ros. El día anterior, hizo lo mismo un seglar.
No han leído el libro. Han leído tan solo el titular de ABC. Y se han rasgado las vestiduras, porque no hay que sacar los trapos sucios de la Iglesia a la calle.
Podría decirles a estos «pudorosos» varones, que tengo en la calle más de setenta publicaciones y la mayoría de ellos son vidas venerables de santos. Y escritos con honestidad histórica, sin tener que recurrir a eso tan manido de que ya meaban desde la cuna agua bendita. Ya conté hace poco cómo un cura, «historiador» de la figura de san Juan de Ribera, sevillano de nacimiento y patriarca-arzobispo de Valencia, olvida en su biografía que era hijo natural y tuvo sus problemas para su ordenación sacerdotal. Pues bien, el susodicho «historiador» soslayó semejante incidencia de la vida del santo patriarca. Pensaría que, como se dice ahora, no era políticamente correcto.
En 1986 –hace ya treinta años– publiqué un Episcopologio de la Iglesia de Sevilla, que titulé: «Los Arzobispos de Sevilla. Luces y sombras en la sede hispalense». Eso de contar también «las sombras» –es decir, los hijos que ciertos arzobispos tuvieron en sus épocas medievales y no tan medievales–, sentó mal al vicario general de entonces, que era licenciado en Historia por Roma. Cuando un historiador de fuera de Sevilla preguntaba al Arzobispado qué Episcopologio había de la diócesis de Sevilla, siempre el vicario general soslayaba mi libro y le orientaba hacia el último publicado en 1908 –un siglo atrás– por Alonso Morgado, que es un Episcopologio como debe ser, con obispos santos e inmaculados.
Descendiendo ya al caso Segura, diré que ese hijo secreto que tuvo era algo sabido en Sevilla desde siempre, pero deformado por el pueblo y achacado a una marquesa sevillana con la que Segura tenía una amistad algo más estrecha. Lo tuvo sí de una sevillana, su futura cuñada, Pepita Ferns, pero en Valladolid cuando era obispo auxiliar. Y si ahora escribo de una cosa que sé desde hace muchos años –antes de que escribiera el Episcopologio sevillano– es porque tengo documentación al respecto. Al abrirse el Archivo Secreto Vaticano del pontificado de Pío XI y publicada buena parte de sus documentos referentes a España por el historiador –y cura– Vicente Cárcel Ortí, y publicados también los cuadernos de visita de los años 1930 y 1931 del secretario de Estado de Pío XI, cardenal Pacelli (futuro Pío XII), he podido basarme en ellos sin añadir de mi parte nada nuevo. Prácticamente me he limitado a citar documentos.
Y el que quiera saber más, que compre el libro y lo lea. Así me ayuda a pagar la edición del libro que he tenido que publicar por mí mismo porque ciertas editoriales católicas –entre ellas, la Editorial de la Librería San Pablo– no se han atrevido a publicar. Y seguro que aprenderá muchas cosas de la vida de Segura –con sus luces también a pesar de sus sombras– y de la España de la República y del primer Franquismo. Y el «dogmatismo», que lo arrumbe en el baúl de su casa. La Iglesia del papa Francisco quiere ser, por gracia de Dios, una Iglesia transparente. También a él, por decir verdades, le han surgido ciertos desapegos entre sus más cercanos purpurados de la Curia vaticana.

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