domingo, 20 de agosto de 2017

Cardenal Bueno Monreal, 30 años de su muerte

Los curas mayores de la diócesis de Sevilla, que al parecer estamos ya bien amortizados, guardamos un grato recuerdo y sentimos la añoranza del cardenal Bueno Monreal, arzobispo de Sevilla en nuestros años jóvenes. Hoy, 20 de agosto, se cumplen 30 años de su muerte. Y quisiera honrar una vez más la memoria de quien hizo honor a su apellido Bueno. Verdaderamente fue un hombre bueno. Con sus zapatos de pastor, con sus medias color púrpura, y su báculo, Bueno Monreal descansa en la capilla de San José de la catedral de Sevilla bajo una sencilla lápida de bronce, el que ha sido el obispo más querido de sus curas en el siglo XX después del beato Spínola.


Bueno Monreal, que pasaba las vacaciones de verano en Ciordia, a 55 kilómetros de Pamplona, murió en la Clínica Universitaria de Pamplona de un paro cardíaco el 20 de agosto de 1987. Iba a cumplir el próximo 11 de septiembre 83 años. Sesenta años de sacerdocio, veintinueve de cardenalato y treinta y tres en la archidiócesis de Sevilla. Su pontificado sólo fue superado en años por san Isidoro, en el siglo VII.
Arzobispo emérito desde 1982, padeció el 3 de febrero de ese año, en la visita ad limina a Roma, una trombosis cerebral que le afectó el habla y la movilidad de medio cuerpo. Un habla extraña, más cercana a la de una tribu africana que a otra cosa, cuando repetía siempre:
–Biongo, biongo, tsé, tsé, tsé...
Una enfermedad que encadenó su lengua, como escribió Martín Descalzo, pero no su corazón.
Giancarlo Zizola, especialista en historia moderna de la Iglesia y experto vaticanista, en su libro La otra cara de Wojtyla, dice lo siguiente:
–Una mañana de 1980, en el Sínodo sobre la familia, (el papa) había perdido la paciencia mientras hablaba con los cardenales alemanes: «Demasiados hablan de replantearse la ley del celibato eclesiástico. ¡Hay que hacerles callar de una vez!». En la misma época el cardenal español José María Bueno Monreal había osado decir al papa durante una audiencia: «Santidad, mi conciencia de obispo me impone hacerle presente que existen problemas como los del celibato, la escasez de clero y la cantidad de sacerdotes que siguen esperando la dispensa de Roma». «Y mi conciencia de papa me impone echar a su eminencia de mi despacho», habría sido la respuesta de Wojtyla. En los días siguientes el cardenal sufrió un infarto. Poco después se le aceptó su dimisión.
Tengo referencias de que el encontronazo, más que encuentro, de Bueno Monreal con Juan Pablo II existió con motivo de las secularizaciones sacerdotales, pero hay que distanciarlo en el tiempo y situarlo en un momento anterior a este último encuentro con motivo de la visita ad limina, que ha sido cuando le dio la embolia cerebral.
Como también esa salida del cardenal, muy propia de él. Tenían que llegar unos documentos de Roma que se demoraban. Y surgió el enfado del cardenal:
–¡A ver si el papa deja de viajar tanto y se sienta en su despacho!
El cardenal Tarancón afirmó de Bueno Monreal tras su muerte:
–Fue siempre un consejero formidable, porque era un hombre que jamás perdía la calma ni la sonrisa. Era un colaborador tan leal que, en los momentos difíciles, podías contar siempre con él... Era un hombre conciliador. En la Conferencia Episcopal siempre impresionaba la claridad de sus intervenciones y tenía una gran ascendencia en los demás obispos.
Y José María Cirarda, que fue su obispo auxiliar:
–Pocos hombres más inteligentes que él, pocos hombres más buenos que él y al mismo tiempo tan amantes de la pobreza como él.
Era un hombre del régimen, jamás lo negó. En cierta ocasión, Franco, afectado por algún incidente con la Iglesia, le dijo:
–La Iglesia está en contra mía.
Y Bueno Monreal le contestó:
–No, Excelencia, la Iglesia no está contra usted. La Iglesia está a favor de la verdad y la justicia.
Le tentaron con la sede primada de Toledo. Antonio María Oriol, ministro de Justicia, le ofreció Toledo.
–Pero, señor ministro, si yo soy cardenal de Sevilla...
–Eminencia, Toledo es la Sede Primada de España.
–Mire, el primo sería yo si estando tan a gusto como estoy en Sevilla, la dejara para irme a Toledo.
Bueno Monreal fue un converso del Concilio Vaticano II, lo mismo que Tarancón, y como tenía un carácter «bueno», se adaptó y de qué manera a los tiempos nuevos. Casimiro Morcillo, que fuera obispo de Bilbao y Madrid, muy del régimen, le dijo un día:
—Pepe, me han dicho que te has cambiado de camisa.
Y Bueno Monreal le contestó:
—Lógico, no cambiársela es de guarros.
Si había algo en Bueno Monreal que lo distinguiera era su enorme humanidad. Y la mejor prueba de ello es de qué forma más humana, es decir, cristiana, supo llevar la crisis de los sacerdotes que se secularizaban. Cuento una anécdota que no deja de ser leyenda urbana, puesto que no he podido poner nombre y seña al sujeto. Acudió un sacerdote ya maduro de edad al cardenal y le dijo que se había enamorado y pensaba dejar el sacerdocio. ¿Reacción del cardenal? Lo miró con cara de bondad y le dijo:
–¡A nuestra edad, tú y yo, adónde vamos a ir que estemos mejor!
Y la respuesta del sacerdote:
–¡Pues tiene razón, señor cardenal!
Y se quedó de sacerdote.
Pero hubo tantos otros, todos, a los que el cardenal recibía con cariño de padre. No conozco ningún cura secularizado que no hable bien del cardenal Bueno Monreal.
Mi sentido agradecimiento al obispo que me ordenó de presbítero en la catedral de Sevilla. Treinta años de su muerte y su recuerdo perdura con nostalgia, en mí y en tantos curas mayores, que ya somos menos.

viernes, 18 de agosto de 2017

El Dios justiciero del cardenal Segura

En la noche del lunes 18 de agosto de 1947 –hoy hace de ello setenta años–, a las 9,45 de la noche, ocurrió una terrible explosión en Cádiz con numerosas víctimas y heridos. Unas 150 personas perdieron la vida en la tragedia. Un fuego, iniciado en el Departamento de Química de los Astilleros de Echevarrieta, se corrió a un depósito de defensa submarina causando la terrible explosión que destruyó la barriada de San Severiano.
La explosión del polvorín de la Armada fue una terrible tragedia en aquel Cádiz de la postguerra. Pero mi recuerdo de este trágico suceso, a la distancia de los años, y mirado desde Sevilla, se centra más bien en la interpretación que de ello dio la máxima autoridad eclesiástica de la diócesis hispalense, es decir, el cardenal Segura.


En el siguiente Boletín Oficial del Arzobispado del mes de septiembre publicó una Admonición pastoral que tituló: «El castigo de Dios». Escribe el cardenal Segura:
–Aún estamos bajo la impresión que produjo, en toda España, la horrible catástrofe de Cádiz, en la noche del 18 de agosto próximo pasado, que bien puede decirse ha constituido una desgracia verdaderamente nacional, que ha llevado el pánico a los corazones más esforzados… Esa catástrofe de terribles proporciones es, y así debemos considerarla, una lección de la justicia de Dios, que hemos de aprender con docilidad, y a este fin se encamina exclusivamente, amadísimos Hijos, esta nuestra Admonición pastoral… Publicaba la prensa que el dignísimo Prelado de la Diócesis venía insistentemente llamando la atención en este año, sobre el incremento de la inmoralidad en la playa de Cádiz, sin que su voz fuera debidamente atendida. Tampoco hemos de describir, son sobradamente conocidos, los abusos morales que por desgracia se perpetran a plena luz del día, con falsos pretextos, en los centros de diversión y esparcimientos veraniegos…
Hay aquí, en sus palabras, dos puntos a reflexionar. El concepto de un Dios justiciero y vengador, más propio de una teología jansenista o viejotestamentaria, y esa manía, entre otras muchas del viejo cardenal Segura, de ver en todo fómite de pecado, fustigando los bailes todos los años con admoniciones pastorales cuando llegaba la Feria de Abril y los baños en el mar cuando llegaba el verano.
Era el talante de un cardenal enfermo del hígado –con perdón, para los que padecen este mal–, que percibía con pesar una resistencia pertinaz en sus huestes diocesanas a sus orientaciones admonitorias. Pero más que enfermo de hígado, Domenico Tardini, prosecretario de Estado con Pío XII, creía que Segura era un «enfermo mental», según se lo confesó a José María Castiella, embajador de España ante la Santa Sede. Un cardenal agreste, silvestre, montaraz. O «cardenal selvático», que así le llamara el político sevillano Martínez Barrio, y yo titulé en mi libro sobre Segura.
Teresa de Lisieux –santa Teresita del Niño Jesús– va a hacer su Primera Comunión en una Francia jansenista, que predica como Segura un Dios castigador. En los días previos de preparación, el abate Domin lanzaba a las siete niñas que iban a hacer su Primera Comunión unos sermones cavernarios que hacían temblar a Teresita. A unas niñas de diez y once años, solo se le ocurre a este capellán ceporro hablarles de la muerte, del infierno y de la comunión sacrílega. Es lógico que Teresita escribiera:
–Nos ha dicho cosas que me han dado mucho miedo.
Teresita descubrirá con el tiempo que Dios es lo contrario de lo predicado por este sádico. Pero pasará un calvario hasta despojarse de esta educación jansenista que imperaba en Francia. Ya en el convento, descubrirá el camino de la infancia espiritual, tan bien descrito en su «Historia de un alma». Para Teresa de Lisieux Dios no es más que Amor y Misericordia. Y su misión: Amar a Jesús y hacerlo amar.
También dijo poco antes de morir:
Después de mi muerte, haré descender una lluvia de rosas... cuento con no estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Se lo pido a Dios y estoy segura de que me escuchará.
¡Y pensar que el cardenal Segura estuvo viviendo un tiempo en Lisieux, cuando fue desterrado de España en 1931, conoció a las hermanas carmelitas de santa Teresita y llegó incluso a escribir un folleto sobre la santa! Pero se ve que no comprendió absolutamente nada. Su Dios castigador era una caricatura del Dios cristiano de Jesús: Dios Padre, Dios de Misericordia, Dios de Amor.

viernes, 11 de agosto de 2017

San Antonio de Padua, si quieres el Niño Jesús, dame un novio

En la madrugada del 7 de agosto, en Bormujos, pueblo cercano a Sevilla, robaron de la parroquia el Niño Jesús, que pertenecía a la talla de San Antonio de Padua, imagen del siglo XVIII. Por suerte, un día más tarde fue encontrado tras una cancela junto a la iglesia. El que no hubiera ningún otro daño o desperfecto en la parroquia, me hace intuir qué ha podido ocurrir. Para mí, que ha sido una chica que se lo ha querido llevar para que el santo le consiga un novio. Pero le vendría el miedo por el alboroto que se formó en el pueblo y lo devolvió enseguida.
  

Esta costumbre casamentera de San Antonio de Padua, arraigada en Sevilla y alrededores, proviene al parecer del siguiente suceso que se cuenta en la historia del santo.
Había en Italia una chica, hija de una mujer viuda, que tenía unas ganas locas de casarse. Su sueño, y el de su madre, era conseguir un buen partido que sacara a las dos de las apreturas de la vida. La joven hacía novenas tras novenas a una imagen de san Antonio que tenía en casa, pero parecía que el santo no le hacía el menor caso. Incomodada de su sordera, arrojó su imagen por la ventana y vino a dar sobre la cabeza de un transeúnte, que, frenético y furioso, penetró en la casa con ánimo de resarcir tal ofensa. ¡Y llegó el flechazo...!
Esto se ha traducido, en versión sevillana, en robar el Niño Jesús, que lleva entre sus brazos toda imagen del santo de Padua y no devolverlo hasta conseguir su propósito de tener un novio.
Hace unos años, me contó el siguiente sucedido don Francisco Cruces, párroco de San Pedro de Sevilla, un venerable cura al que quise de verdad. En la parroquia hay un altar con la imagen de San Antonio de Padua. Y un Niño Jesús en sus brazos, que muy bien puede ser sustraído, subiéndose a una silla en un momento en que el templo se halle vacío.
Acudió una chica a la sacristía y le confesó al párroco:
–He tenido tentaciones de llevarme el Niño Jesús de la imagen de San Antonio de Padua, pero me he arrepentido.
–¿Y para qué lo querías? –le preguntó don Francisco Cruces.
–Para que me diera un novio.
–Pues, ea, llévatelo y cuando tengas novio me lo traes.
Al mes volvió la chica con el Niño Jesús. Había conseguido el novio.
Quisiera resaltar aquí la bonhomía de este querido párroco. No todos hubieran tenido la misma salida que él tuvo. Confió en la chica, la chica tuvo de San Antonio el novio, y aquí paz y después gloria.
San Antonio de Padua es uno de los santos más queridos de la cristiandad. Un santo verdaderamente internacional, amado e invocado por multitud de devotos. ¿Me pregunto el porqué de su fama? Su aspecto físico no era particularmente atrayente, más bien bajo y rechoncho, y murió a los 36 años de hidropesía. Pero ahí está en el santoral de la Iglesia, en primera línea: conviven en la veneración de este portugués la admiración por su excepcional cultura con la fe de la gente humilde para quien siempre ha sido el taumaturgo dispuesto a prestar el auxilio en todo aquello que se le pida.
Los portugueses le llaman san Antonio de Lisboa, porque allí nació hacia 1195. Pero su vida discurrirá en Italia como franciscano y morirá en Padua donde se halla enterrado en la basílica de su nombre.
Santo popular, milagrero y querido de la gente del pueblo, no solo es el santo de las chicas que buscan novios, también de los objetos perdidos, y de tantas otras cosas que la devoción popular ha encontrado en este santo. Es tradición que los estudiantes de Padua, cuando llegan las fechas de los exámenes, se acercan sigilosamente a la basílica del santo e imploran su protección especialmente ante el relicario que contiene su lengua. Para que les ayude a mover la suya con sabiduría en el examen del día siguiente. Los frailes recitan todavía la plegaria que san Buenaventura pronunció el día que encontró incorrupta la lengua entre los restos de san Antonio: «¡Oh lengua bendita, que siempre bendijiste al Señor, e hiciste que otros lo bendijeran, ahora se ve cuán grandes fueron tus méritos ante Dios!».
Su fama de encontrar los objetos perdidos viene de un suceso que le ocurrió en la ciudad de Montpelier. Un fraile robó al santo un cuaderno, donde había escrito unos comentarios a los salmos. La oración del santo convirtió al ladrón, que devolvió al propietario el objeto robado.
Un santo tan querido por los fieles, que esperan de él tantos favores, no debe hacernos olvidar la imagen del profundo teólogo y gran pensador de su tiempo. Y si fue tan popular su predicación, fue sencillamente porque se dirigía al pueblo en su propia lengua y no en un latín que el pueblo no entendía. Pío XII, en 1945, lo declaró doctor de la Iglesia con el apelativo de Doctor evangelicus.

lunes, 7 de agosto de 2017

San Cayetano, padre de la Providencia

Así le llama la piedad popular: «Padre de la Providencia», por su abandono en la paternidad de Dios Padre. Por poner toda su confianza en Dios, por fiarse de Dios. Es la lectura meditada y practicada de los capítulos 5 al 7 del Evangelio de san Mateo: Desde las bienaventuranzas al abandono en la confianza plena en Dios, cuando Jesús dice: «No andéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer o a beber... Fijaos en los pájaros: ni siembran, ni siegan ni almacenan; y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis mucho más que ellos?... Total, que no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio». San Cayetano grabó a fuego estas enseñanzas evangélicas en su corazón y se dejó llevar por la providencia de Dios.      
Providencia: la palabra talismán de san Cayetano. De ahí la confianza y piedad que el pueblo ha depositado en él. Y el cariñoso apodo con el que se le invoca.


 Nació en Vicenza (República de Venecia) en 1480 de familia noble, hijo del conde de Thiene. En 1504 se laureó en ambos derechos en la Universidad de Padua y poco después marchó a Roma, como familiar del obispo Pallavicini, que llegaría a cardenal. Pudo así entrar en los ámbitos vaticanos llegando a ser secretario del papa Julio II, protonotario apostólico y escritor de las cartas apostólicas, y testigo de aquel Vaticano renacentista de vida fácil y alegre de tantos prelados y cardenales.
Santo de la humildad, los tiempos aquellos no corrían precisamente al abrigo de esta virtud. Contemporáneo de Lutero, Cayetano se plantea también la reforma de la Iglesia, pero hará lo contrario del fraile alemán. Lutero quiso transformar la religión y no los hombres. Cayetano siguió lo enunciado por Egidio Romano en el discurso de apertura del concilio de Letrán de 1512: «Son los hombres los que han de ser transformados por la religión, no la religión por los hombres». Este será su lema.
El de Letrán fue un concilio frustrado. No hubo cabezas clarividentes que llevaran a cabo la reforma de la Iglesia. Cuando años más tarde se convoque el concilio de Trento, ya ha tenido lugar la profunda escisión que separó a las Iglesias protestantes y anglicana. Cayetano desarrolla su actividad apostólica entre estos dos concilios y piensa que una reforma no tiene valor si no comienza por sí mismo. Por eso, él no juzga, actúa. Será la suya la primera experiencia de reforma del clero, de las muchas que se ensayaron durante el siglo XVI.
Por de pronto se ordena de sacerdote, decisión que hizo retrasar hasta los treinta y seis años. Se sentía «un gusano de la tierra» y le parecía demasiada presunción convertirse en ministro de Dios. Fue el 30 de septiembre de 1516, festividad de san Jerónimo, patrono del Oratorio del Amor Divino, asociación piadosa a la que pertenecía Cayetano y que en Roma se dedicaba a la santificación personal y al apostolado. Meses más tarde, en la noche de navidad, en la basílica de Santa María la Mayor, en la cripta de la capilla del Pesebre, Cayetano celebró su primera misa y recibió la visión de la Virgen María que le entregó al Niño Jesús. Una lápida, colocada en el lugar en 1694 por el príncipe Savelli Peretti, patrono de la capilla, lo recuerda: «Aquí san Cayetano, alentado por san Jerónimo cuyos huesos reposan cerca de este lugar, recibió de la Madre de Dios al Niño Jesús en brazos la noche de Navidad». Lo cuenta el mismo santo en carta dirigida a sor Laura Mignani: «A la misma hora de su santísimo Parto, me acerqué al santo Pesebre. Alentado por mi padre, el Bienaventurado Jerónimo, amante del santo Pesebre, cuyos huesos descansan sobre la misma Sagrada Cuna, recibía de las propias manos de la púdica Doncella, mi protectora, que acababa de ser madre, al recién nacido Infante, carne y envoltura del Verbo eterno. Cuando mi corazón no se derritió en aquel momento, señal es, creedlo, Madre, de que es más duro que el diamante. Paciencia».
La enfermedad de su madre le hace volver a Vicenza en 1518, donde funda un Hospital para Incurables. En 1522, obediente a su confesor, el dominico Carioni di Crema, marcha a Venecia, donde establece el Oratorio del Amor Divino y ejerce hasta la heroicidad su espíritu de caridad. «Jesús está crucificado en nuestro prójimo», escribe Cayetano. Y también: «No basta sentir el amor, es necesario actuarlo».
Un año más tarde, vuelve a Roma. Acaba de morir el papa Adriano VI y Cayetano llega a tiempo de presenciar la coronación de Clemente VII, el del «Saco de Roma», que también sufrirá en sus carnes el mismo Cayetano. El nuevo papa es tan buen economista como mal político. Aliado a Francia y Venecia y enfrentado al emperador Carlos V, ve invadidos sus dominios, que culminaron en el sangriento asalto a la ciudad de Roma en 1527.
Pero antes, Cayetano ha creado un nuevo modelo de vida sacerdotal. En unión de otros tres compañeros, Bonifacio de Colli, Juan Pedro Carafa, arzobispo de Chieti, y Pablo Consiglieri, formó la Compañía de Clérigos para la Reforma. No vivirán como los monjes o como los frailes. No tendrán rentas ni beneficios canónicos y no practicarán la mendicación. En los monjes y frailes prevalecen los votos. En los nuevos clérigos debe prevalecer la estima por el sacerdocio. Vivir el sacerdocio en toda su plenitud. Vivirán como clérigos, del altar y la predicación del evangelio. La liturgia, como medio de santificación, y también la misa diaria, inusitado en aquel tiempo.
El proyecto de este nuevo instituto lo presentan al Papa el 3 de mayo de 1524, en audiencia privada. El 24 de junio se expedía el breve papal Exponi nobis, que autorizaba la vida común de los Clérigos Regulares. Juan Pedro Carafa ha renunciado a sus dos obispados de Chieti y Brindisi, Cayetano entrega todos sus bienes a sus primos Fernando y Jerónimo Thiene, y de Colli cede su casa de la Via Leonina para residencia de la primera comunidad. La ciudad de Roma los llamó popularmente Teatinos, por la sede episcopal de Juan Pedro Carafa, obispo de Chieti (Theates en latín). Como a Carafa se le decía el «obispo teatino», este nombre se extendió a todos sus compañeros. Y teatino vino a identificarse con el sacerdote comprometido con el Evangelio, que se fía de la Providencia de Dios. Su primer superior general fue Carafa, no queriendo Cayetano, movido por su grande humildad, sobreponerse sobre sus compañeros.
De la Via Leonina se trasladaron al monte Pincio, donde padecieron el trágico «Saco de Roma» de 1527. El 6 de mayo, amparados por la niebla, las tropas del duque de Borbón asaltaron la Ciudad Eterna. Muertes, violaciones y vandalismo de todo tipo, destrucción de preciosas obras de arte, sacrilegios... hasta la misma tumba de Julio II fue profanada, llevándose su anillo de oro. Fueron días amargos para Roma, y para el papa, que se refugió en el castillo de Sant’Angelo, hasta que pasados unos meses logró salir de Roma, después de largas negociaciones. Muchos interpretaron aquellos sucesos brutales como un flagelo de Dios por la vida escandalosa de los papas y eclesiásticos en el mismo corazón de la cristiandad. Cayetano y sus compañeros sufrieron también las consecuencias del saqueo. Maltratados por los soldados, fueron llevados prisioneros a la torre del Reloj en el Vaticano. Una vez liberado, Cayetano pasó a Venecia, donde continuó su obra de apostolado, de reforma y de asistencia social.
En 1533, por mandato de Clemente VII, marchó a Nápoles, donde transcurren los últimos años de su vida. Murió el 7 de agosto de 1547 y fue enterrado en una fosa común, de modo que no ha habido manera de identificar sus huesos. Pero el pueblo napolitano ha estampado en su tumba esta hermosa inscripción: «Aquí descansa el hombre que intercedió por el pueblo». Sus restos se veneran en San Paolo Maggiore de Nápoles, en la capilla del Socorro. El poeta italiano Giulio Salvadori ha escrito de él: «El primer hombre y sacerdote de nuestra Edad Moderna». Y Pío XII lo llamó: «Campeón insigne de la misericordia cristiana». Según la tradición, Cayetano fundó en Nápoles el Monte de Piedad, origen del actual Banco de Nápoles.
Fue beatificado por Urbano VIII en 1629 y canonizado por Clemente X en 1671. Se le representa recibiendo en sus brazos de manos de la Virgen María al Niño Jesús, según la visión que tuvo aquella noche de navidad. 

sábado, 29 de julio de 2017

Santa Marta, la buena ama de casa

Tarascón tiene por patrona a santa Marta, cuya festividad se celebra hoy 29 de julio. Y cuenta como monumento más notable la iglesia de Santa Marta, uno de los santuarios más célebres de la Provenza francesa, donde dicen poseer los restos de la santa. La urna que contiene sus supuestos restos es una preciosa labor de joyería y en la cripta de la iglesia se muestra un antiguo sepulcro con una estatua yacente.
La leyenda cuenta que santa Marta evangelizó este país y lo libró de un horrible monstruo, llamado tarasca. Santiago de Vorágine, en su Leyenda dorada, lo describe con todo lujo de detalles: «Un dragón, cuyo cuerpo más grueso que el de un buey y más largo que el de un caballo, era una mezcla de animal terrestre y de pez; sus costados estaban provistos de corazas y su boca de dientes cortantes como espadas y afilados como cuernos».


 Marta acude en auxilio de aquella población aterrada por el dragón que, «si se sentía acosado, lanzaba sus propios excrementos contra sus perseguidores en tanta abundancia que podía dejar cubierta con sus heces una superficie de una yugada; y con tanta fuerza y velocidad como la que lleva la flecha al salir del arco; y tan calientes que quemaban como el fuego y reducían a cenizas cualquier cosa que fuera alcanzados por ellos». Pero llega Marta y encuentra a la bestia en el bosque devorando a un hombre; «acercóse la santa, la asperjó con agua bendita y le mostró una cruz. La terrible fiera, al ver la señal de la cruz y al sentir el contacto con el agua bendita, tornóse de repente mansa como una oveja. Entonces Marta se arrimó a ella, la amarró por el cuello con el cíngulo de su túnica y, usando el ceñidor a modo de ramal, sacóla de entre la espesura del bosque, la condujo a un lugar despejado, y allí los hombres de la comarca la alancearon y la mataron a pedradas».
Esto dio origen a una fiesta popular en Tarascón, la más célebre de la Provenza. Consiste en dos procesiones anuales, una el domingo segundo después de Pascua de Resurrección y otra en la festividad de santa Marta. En la primera, aparece la representación de la tarasca como un monstruo furioso que agita su enorme cola amenazando a los que se aproximan. En la segunda, la fiera se muestra tranquila, conducida por una niña. Esta fiesta fue instituida por el rey Renato, que la presidió en 1469. Y de ahí vinieron, me imagino, las célebres tarascas, que aparecían en las procesiones del Corpus en España, entre ellas la de Sevilla.
Aclaremos este embrollo francés de querer situarnos en Tarascón los restos de esta santa. En 1187 apareció una vida de santa Marta, que identificó sus restos entre unas reliquias traídas a Francia, hacia el siglo V o VI, pertenecientes a unas santas martirizadas en Persia en el año 347. Una se llamaba María, otra Marta, y una tercera, Sara. No importa que las reliquias de esta Marta fueran de una supuesta mártir persa. La leyenda medieval coloreó y dio vida a estos cuerpos, incluido el cambio de los personajes y la cronología. En Tarascón, la susodicha Marta adelantó su existencia al siglo primero y se transformó en la que aparece en los evangelios. Y así se formó la leyenda que cuenta que, después de la resurrección del Señor, con la dispersión de los discípulos, los hermanos Lázaro, María y Marta, con otros muchos, arribaron a Marsella, donde desembarcaron. A Marta tocó cristianizar la región de la Provenza. Y ahí la vemos, en un magnífico sarcófago en la basílica levantada en su honor en Tarascón, templo en su origen románico, consagrado en 1197.
Pero vayamos a los hechos históricos, contados en los evangelios de Lucas (10,38-42) y Juan (11,1-44 y 12,1-8). Marta tenía otros dos hermanos, María y Lázaro. Y vivían en la aldea de Betania, a tres kilómetros de Jerusalén. Los árabes la llaman hoy al-Azariye, tal vez deformación de Lazarium (Lázaro), nombre dado al lugar en el siglo IV por los cristianos, en recuerdo de la resurrección del hermano de Marta. Debía ser un lugar apacible y una casa amiga y acogedora, donde Jesús se retiraba a descansar cuando se hallaba en Jerusalén.
El pasaje de Lucas (10,38-42) refiere la primera visita de Jesús a casa de Marta y María. No aparece aquí Lázaro. Ni refiere el nombre de la aldea. Dice simplemente: «Por el camino entró Jesús en una aldea, y una mujer por nombre Marta lo recibió en su casa». En ella estaba María, que «se sentó a los pies del Señor para escuchar sus palabras», mientras Marta «se distraía con el mucho trajín» de la cocina.          
En cierto momento, ya cansada de trajinar sola, le dijo a Jesús:
—Señor, ¿no te da nada de que mi hermana me deje trajinar sola? Dile que me eche una mano.
La cortesía hubiera indicado una respuesta positiva de Jesús. Es lo lógico: cualquiera de nosotros, un hombre común, habría encontrado justo esta lamentación de Marta y hubiera accedido a pedir a María que ayudase a su hermana a hacer la comida. Pero Jesús trasciende el momento, y su respuesta se convierte en doctrina.
—Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. Sí, María ha escogido la parte mejor, y esa no se le quitará.
Los padres de la Iglesia presentan a Marta y a su hermana María como modelos de vida mística: la primera de ellas activa, la segunda contemplativa. Sin embargo, en el santoral de la Iglesia sólo aparece el nombre de santa Marta. Curiosamente, María, considerada como modelo evangélico de la vida contemplativa por san Basilio y san Gregorio Magno, no consta en el santoral. Ni su hermano Lázaro. El nuevo Calendario de la Iglesia ha conservado como memoria obligatoria la celebración de santa Marta el 29 de julio.
Las dos referencias siguientes se hallan en el evangelio de Juan. En el capítulo 11,1-44, se narra la muerte de Lázaro y su resurrección. El capítulo 12,1-8 relata una cena en Betania, seis días antes de la Pascua judía. Marta sirve la cena, Lázaro está a la mesa con Jesús, y María, con «una libra de perfume de nardo puro», le ungió los pies, llenándose la casa de fragancia. Lo que ocasionó la reacción de Judas Iscariote.
—¿Por qué razón no se ha vendido ese perfume a buen precio y no se ha dado a los pobres?
Y esto lo dijo, puntualiza el evangelista, «no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón y, como tenía la bolsa, cogía de lo que le echaban».
Y aquí terminan las referencias evangélicas de santa Marta, la hermana activa, y de María, la hermana contemplativa. Todo lo demás, relatado anteriormente, es pura leyenda. Aunque hermosa leyenda.
Santa Marta es patrona de los hoteleros, lo que parece evidente, dada su solicitud en atender y hospedar a Jesús cuando se acercaba por Betania. Los primeros en dedicarle una celebración litúrgica fueron los franciscanos en 1262, el 29 de julio, ocho días después de la fiesta de Santa María Magdalena, que por aquel entonces se la identificaba impropiamente con la hermana de Marta. En Roma, más tarde, se le dedicó una iglesia, a petición de san Ignacio de Loyola. Y en Sevilla, el arcediano de Écija Ferrán Martínez fundó a finales del siglo XIV el Hospital de Santa Marta, en el lugar que ocupaba la antigua mezquita de los Osos, «para que estuviesen en él los pobres de Dios que fueran hombres buenos de buena vida y clérigos». Ahora, este lugar está ocupado por las agustinas del convento de la Encarnación, que vieron derribado su convento en 1811 por los franceses, cuando ocuparon la ciudad, para formar una plaza. 

sábado, 22 de julio de 2017

Santa María Magdalena, «apóstol de los apóstoles»

Hoy, 22 de julio, la Iglesia celebra la festividad de santa María Magdalena, una mujer sugestiva que ha cautivado la piedad de los fieles y ha llevado a los artistas a representarla de infinitas formas, siempre con sus cabellos largos de pecadora. Es precisamente esto, el tizne de pecadora con el que ha pasado a la historia lo que la ha hecho cercana a la gente.
Pero no parece claro hoy día que María Magdalena sea esa pecadora anónima, referida por Lucas (7,36-50), de la que se dice que «se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho», ni María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro.


Jesús y María Magdalena en el Sepulcro (Fray Angélico)

La confusión se produjo en la Iglesia latina al reunir en la liturgia la celebración de tres mujeres del Evangelio, con toda probabilidad distintas entre sí, en una sola. Gregorio Magno fue el primero en aunarlas y confundirlas y desde entonces todos los autores latinos le han seguido, creándose en una sola figura la amalgama de tres mujeres distintas en sus caracteres. La Iglesia griega, por su parte, siempre las distinguió. En la Iglesia latina comenzó a cuestionarse la unicidad de las tres a partir del siglo XVI para retornar a la unidad en el siglo XIX. Hoy día, la exégesis bíblica las distingue y la Iglesia, en el nuevo calendario litúrgico, que conserva la festividad de santa María Magdalena, atiende bajo esta advocación lo que los Evangelios dicen exclusivamente de ella.
Que es esto: Su nombre, María; nacida en Magdala, a orillas del lago Genesaret, a unos diez kilómetros al noroeste de Tiberíades; poseída del demonio y milagrosamente curada por Jesús, al que sigue con otras mujeres hasta el pie de la cruz y recibe el privilegio de ser la primera en verlo resucitado.
A María Magdalena se la ha confundido con la pecadora que lavó los pies del Señor con aromas. Lo cuenta Lucas en el capítulo 7, pero no desvela el nombre de esta mujer. Había sido invitado Jesús a comer por un fariseo y ya estaba reclinado sobre la mesa, cuando llegó una mujer, «conocida como pecadora en la ciudad», que se llegó con un frasco de perfumes, «se colocó detrás de él junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas; se los secaba con el pelo, los cubría de besos y se los ungía con perfumes». Jesús la despide perdonándole los pecados.
Inmediatamente después, Lucas cuenta que Jesús «fue caminando de pueblo en pueblo y de aldea en aldea proclamando la buena noticia del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María Magdalena, de la que había echado siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana, y otras muchas que le ayudaban con sus bienes» (Lc 8,1-3).
Que Jesús hubiese liberado a María Magdalena de siete demonios no significa que fuese una pecadora. Aunque alguno ha querido ver en el número siete los pecados capitales o el pecado de la carne repetidamente realizado, es una conclusión no válida. María Magdalena se hallaba tal vez afligida por convulsiones malsanas o alguna enfermedad nerviosa. El Señor la curó milagrosamente y ella, por agradecimiento y simpatía, le siguió, formando parte del grupo de mujeres ricas que apoyaba financieramente la misión del Maestro. Mientras la anónima pecadora irrumpe de improviso en escena y perfuma los pies del Señor –gesto grandioso por otra parte–, María Magdalena se encuentra a su lado, discreta en el grupo de mujeres que le acompañan.
Su identificación con María de Betania, la hermana de Lázaro y Marta, ha sido también descartada. Una era de Magdala, en Galilea; la otra de Betania, al lado de Jerusalén. Una, impulsiva, activa, caminante; la otra contemplativa, recluida en casa.
Supuesto que son diferentes, algo sin embargo las une en ese dicho popular de «llorar como una Magdalena». La pecadora anónima regó los pies de Jesús «con sus lágrimas». De María de Betania cuenta el Evangelio de Juan (11,33) cómo se echó a llorar y se postró a los pies del Señor cuando se hallaban ante la tumba de su hermano Lázaro. Actitud que provocó las lágrimas del propio Jesús. Y de María Magdalena, que estuvo al pie de la cruz y debió verter sus lágrimas ante el suplicio del amigo, dato no registrado en los evangelios, sí cuentan cómo lloró el domingo de resurrección.
Se halla María delante del sepulcro y oye una voz que le dice:
–¿Por qué lloras, mujer?
–Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.
Miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no supo que era él.
Nuevamente le pregunta Jesús:
–¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas?
Confundiéndolo con el hortelano, le dijo:
–Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto que yo lo recogeré.
Y Jesús le dijo:
–María.
Y lo reconoció. ¡Habría oído tantas veces María Magdalena pronunciar su nombre de labios de Jesús! Y vuelto hacia él exclamó:
–Rabboni (que significa Maestro).
Y María Magdalena fue premiada con el gozo no reservado a los Doce de ser el primer testigo de la resurrección del Señor.
–He visto al Señor y me ha dicho esto y esto, anunció a los discípulos.
Por eso recibe con justicia el título de «apóstol de los apóstoles», por ser ante ellos la primera testigo anunciadora de la resurrección.

martes, 11 de julio de 2017

Santa Olga, primera princesa cristiana de Rusia

Hoy, 11 de julio, celebra la Iglesia la fiesta de santa Olga, primera princesa cristiana que conoció Rusia. Santa Olga se halla entre los primeros santos rusos inscritos en el calendario católico, considerada como el anillo de enlace entre la época pagana y cristiana. Una tradición tardía la hace nacida hacia el año 890 en el pueblo de Vuibutskoi sobre el río Velika, a pocos kilómetros de Pskov, ciudad al noroeste de Rusia, al este de la frontera con Estonia. El nombre de Olga abunda en Pskov, ciudad que cuenta con un malecón que lleva su nombre, con un puente y una capilla. En Pskov se puede admirar también el monumento a la santa princesa Olga, erigido para conmemorar los once siglos de la primera mención de la ciudad en la Crónica de Néstor, atribuida a un monje de este nombre, o Primera crónica del Estado medieval del Rus de Kiev, recopilada aproximadamente en 1113, en la que se cuenta «de dónde salió la Tierra Rusa y quién empezó primero a gobernar en ella», y donde se ofrece los datos más precisos sobre nuestra santa.


 Tras la muerte de Igor, su esposa Olga gobernó Rusia como tutora de su hijo Svjatoslav (945-969). Había en Kiev algunos restos de la cristiandad rusa fundada en 870, en tiempos de Oskold y Dir. Esta cristiandad se reunía en una capilla llamada de San Elías. Olga quiso conocer a un sacerdote. Lo llamó y le dijo:
–¿De dónde vienes?
–De mi iglesia.
–¿Qué es lo que haces?
–Instruyo a mis fieles.
–¿No te gustaría mejor servir al ejército?
–Yo he escogido la viña del Señor y en ella deseo morir.
–¿Quiénes son tus fieles?
–Todos los que tienen necesidad de mí.
–¿Incluso los que te hubieran ofendido?
–Incluso esos.
–¿Pero si ellos queman tus casas, matan a los tuyos…?
–Yo debo perdonarlos y amarlos.
–¿Quién te enseña esto?
–La doctrina que yo profeso.
–¿Ella te aconseja esta abnegación?
–No es un consejo, es un precepto.
–Y si yo te ordenara sacrificar a Perún, ¿qué harías?
–No iría.
–¿Desprecias mi cólera?
–Temo menos la vuestra que la de mi Dios.
–¿Y si yo te hago morir?
–No se muere más que una vez.
–Pero antes de la muerte, puedo infligirte los más crueles sufrimientos.
–Eso me será tenido en cuenta.
–¿Así que tú afrontarás los suplicios, la muerte, antes que llevar una ofrenda a un dios que no es el tuyo?
–Mil veces.
–¿Qué ha hecho él para que tú le seas fiel?
–Él ha muerto por mí.
–¿Qué dices?
–Digo que mi Dios ha muerto para asegurarme la felicidad eterna, y esta seguridad me da la fuerza para sufrir todo en su nombre.
Así discurría esta larga conversación. Olga, envuelta en su orgullo, ¿podía soportar la audacia de este sacerdote que no se doblegaba ante su grandeza como princesa regente? Pero la irritación de la princesa se fue doblegando ante la firmeza y convicción del sacerdote. Y acabó por sofocar sus aires de princesa y consintió en verse de nuevo.
Los encuentros se sucedieron y el sacerdote le habló de la encarnación del Verbo, la vida y la muerte de Dios hecho carne. La princesa escuchaba y parecía que salía de un mundo de tinieblas para entrar en otro universo que aclaraba su corazón con la verdad del cristianismo. Pero la ley de Cristo es exigente. Es inflexible y no admite compromiso. Olga, naturalmente altiva, debía volverse accesible a todos; imperiosa, debía ser sumisa; violenta, tenía que ser dulce; orgullosa por encima de todo, estaba obligada a practicar la humildad. Olga está en vías de conversión… Tocada por la bondad del cristianismo, resolvió abrazarla. Y para estudiarla mejor, habiendo dejado las riendas del gobierno a su hijo, marchó a Constantinopla, acompañada de un sacerdote llamado Gregorio; tenía entonces más de sesenta años.
En el año 955, Olga visitó Bizancio y el emperador Constantino VII Porfirogéneta se prendó de ella, al ver que era hermosa de rostro y muy lista. Y la pidió en matrimonio, diciendo:
–Eres digna de gobernar con nosotros en esta capital.
Pero Olga le dijo al emperador:
–Yo soy pagana. Si quieres bautizarme, bautízame tú mismo; si no, no me bautizaré.
La bautizó el patriarca Teofilacto, que se hallaba en comunión con la Iglesia romana. Este la instruyó en la fe, diciéndole:
–Bendita tú eres entre las mujeres rusas, que amaste la luz y dejaste las tinieblas. Te bendecirán los hijos de los rusos hasta la última generación de tus nietos.
En el bautismo recibió el nombre cristiano de Helena en honor de la madre de Constantino el Grande y el emperador fue el padrino.
Después del bautizo, el emperador le dijo:
–Te quiero tomar por esposa.
Pero ella respondió:
–¿Cómo es que te quieres casar conmigo, si tú mismo me bautizaste y me llamaste hija? Entre los cristianos eso no está permitido, y tú lo sabes.
Y el emperador le dijo:
–Has sido más astuta que yo, Olga.
Le dio muchos regalos, oro y plata, y telas preciosas, y vasijas de distintos tipos y la despidió después de haberla llamado hija suya. Ella, disponiéndose a volver a casa, fue ante el patriarca a pedirle la bendición para el viaje a su país, y le dijo:
–Mi gente y mi hijo son paganos, que Dios me proteja de todo mal.
El patriarca la bendijo y Olga se dirigió en paz a Kiev, donde vivió con su hijo Svjatoslav, al que la madre trataba de persuadir para que se bautizara.
–¿Cómo –le dijo él– puedo recibir una fe extranjera? Mi droujina (sus guerreros) se reiría de mí.
Su propio ejército se opuso:
–No nos conviene esa religión a nosotros que no somos mujeres, sino guerreros y hombres.
Pero Olga trataba de convencer a su hijo:
–Si tú te bautizas, todos harán lo mismo.
Pero él no hacía caso a su madre, y seguía viviendo según sus costumbres paganas. Olga se decía:
–¡Que sea la voluntad del Señor! Si Dios quiere apiadarse de mi estirpe y del pueblo ruso, que les insufle en el corazón que se vuelvan hacia Dios, igual que a mí me lo regaló.
Hablando así, rezaba por su hijo y por su gente todos los días, criando a su hijo hasta que se hizo hombre y fue adulto. Olga fue regente de Kiev de 945 a 964, año en el que su hijo comenzó a reinar.
Olga murió, 11 de julio de 969, y lloraron por ella su hijo, sus nietos y todo el pueblo. Olga había ordenado que no se celebrara el rito funerario pagano en su honor, pues tenía a un sacerdote, y este le dio sepultura en Kiev. Unos cien años después de su muerte, Yakov Mnikh (+1072) escribió Memoria y elogio de Vladimiro, donde dice:
–Dios glorificó el cuerpo de su servidora Olga y su cuerpo permanece intacto hasta nuestros días.
No logró convertir a su hijo Sviatoslav I de Kiev, por lo que la tarea de hacer del cristianismo la religión de estado la cumpliría su nieto y pupilo san Vladimiro I de Kiev.