sábado, 9 de diciembre de 2017

Evangelio 2018

Venden en las librerías religiosas, en estos últimos meses del año, unos libritos que recogen los Evangelios de todos los días del año, los que se leen en las misas diarias. Y es una muy sana práctica que leáis el Evangelio del día. Os invito a ello. La fuerza de la palabra de Dios por sí misma, oída o leída, la entendí plásticamente en los albores mismos de mi vocación eclesiástica. En dos momentos, ocurrido uno cuando estudiaba en la Universidad Pontificia de Comillas, y el otro en los primeros meses tras mi ordenación sacerdotal.


 En la Semana Santa de 1964, estudiando mi segundo curso de Teología, acudía en bicicleta los domingos por la mañana a Ruiseñada, pueblecito a tres kilómetros de Comillas, y ayudaba al párroco en la misa y catequesis. Llegó el Viernes Santo y todos sabéis que en los Oficios se lee la Pasión del Evangelio de San Juan. Por aquel entonces, todavía en latín. Estábamos en pleno Concilio Vaticano II, pero aún no había llegado la reforma litúrgica. Propuse al párroco, mi buen amigo don Gabriel, que aún vive, leer la Pasión en castellano. Y aquello, en el silencio de la buena gente de Ruiseñada, fue impactante. Lo que podía ser unos diez soporíferos minutos de lectura en latín, lengua extraña para la gente del pueblo, se convirtió en una atenta escucha de la Pasión y Muerte del Señor.
El segundo momento ocurrió en un pueblo de Sevilla, donde fui de coadjutor al ordenarme de sacerdote. Hubo de ser en la primavera de 1967, cuando aún se decía la misa en latín. Yo, sin embargo, me saltaba ya entonces la norma y leía las lecturas bíblicas en castellano. Recuerdo que era una misa de difuntos, misa a la que acudía un personal no habitual en las misas de los domingos, un gran número de hombres maduros que salían del Casino del Pueblo (llamémoslo así), cercano al Casino de los Señoritos, para ir a la iglesia, no por la misa sino porque tenían que cumplir con el difunto. Y yo pensaba que ese era un momento estupendo para leer en la misa las lecturas en nuestra lengua, aparcando el latín. Leí el Evangelio de las Bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres… Bienaventurados los mansos… Bienaventurados los que lloran…»
Al día siguiente, en el Casino del Pueblo, se me acercó un señor, ya mayor, tratante de ganados, que venía con frecuencia a Sevilla y en la calle Sierpes de entonces, delante del Casino Mercantil, se veía con otros muchos tratantes hasta el punto de ocupar todos ellos prácticamente ese trozo de calle de acera a acera. Y allí se traficaba y mercadeaba, un lugar, me decía, donde más mentiras se decía en Sevilla.
Me contó que en la misa se había emocionado cuando oyó decirme: «Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados». Era viudo y tenía una hija con deficiencia mental que había quedado embarazada por alguien desconocido del pueblo y le había dado una nieta. Y me dijo:
–Lloro muchas noches por mi hija y por mi nieta. ¿Qué será de ellas cuando muera?
Y ante mí vi a un hombre rudo, acostumbrado al tráfico de ganado, mintiendo en los negocios como el que más y sumido en lo profundo de su ser en el dolor y el drama de su casa.
Pero en aquella misa había tenido un momento de gracia de Dios al sentir las palabras generosas de Jesús en el monte Tabor:
–Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados.
Y yo a mi vez, me vi consolado de ver cómo la palabra de Dios, por sí misma, nos llena el corazón afligido de la gracia de Dios.
Dos lecciones estas que me han servido durante todo mi sacerdocio y que no he olvidado. Por eso, os invito a que compréis uno de estos libritos, que los hay de varias editoriales y no suelen costar más de dos euros, y os sirva de lectura espiritual durante cinco minutos todos los días del año que se acerca. Os hará bien. Y quién sabe si en día de aflicción el Evangelio de ese día os llena del gozo y paz del Señor. 

martes, 5 de diciembre de 2017

Voto Inmaculista de la ciudad de Sevilla. Cuarto Centenario (1617-2017)

El próximo 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada, se cumplen 400 años de juramento solemne de la ciudad de Sevilla a la Inmaculada Concepción. Uno y otro Cabildo se pusieron de acuerdo en dar el mayor realce posible a este juramento. Como corresponde a la ciudad más concepcionista y para ejemplo de las ciudades del reino.
El Cabildo catedral se preocupó de que este acto tuviera el realce de la fiesta del Corpus: repiques de campanas, luminarias en la torre y en la iglesia, vísperas solemnes, baile de los Seises, procesión por las últimas naves del templo y estación ante la Virgen de los Reyes... y la redacción de la fórmula del juramento, un texto solemne acorde con el marco suntuoso en el que se ha de pronunciar.


Monumento a la Inmaculada, erigido en el
Tercer Centenario del Voto Inmaculista de la Ciudad de Sevilla.

El Cabildo secular invitaría a la población a poner colgaduras de bellos tapices en los balcones, iluminaciones en los palacios, banderas, flámulas y gallardetes en la torre del Oro, con un estandarte de seda en su remate que diga: María concebida sin pecado original. Vistosas banderas en las Casas Consistoriales, Contratación, Audiencia Real, Lonja de los Mercaderes y demás edificios públicos. Y en el río, a la hora del juramento, que todas las naves, nacionales o extranjeras, gasten sus salvas en honor de este misterio.
Todo está preparado. El 7 de diciembre, por la tarde, hubo vísperas en la catedral, oficiadas por el viejo arzobispo. La Ciudad acudió desde las Casas Consistoriales precedida de los porteros de maza, vestidos de garnachas y gorras de terciopelo encarnado, veinte alguaciles a caballo, trompetas y demás acompañamiento. La Giralda con sus repiques y la gente inundando las calles, todo anunciaba fiesta grande en Sevilla.
Al día siguiente, 8 de diciembre, la misma puesta en escena de la víspera. Después del canto de Prima, el Cabildo catedral se acercó al palacio arzobispal para acompañar al arzobispo don Pedro de Castro a la iglesia mayor. El Cabildo secular llegó con el mismo aparato de la tarde anterior. Revestido el arzobispo con los ornamentos pontificales, se entonó Tercia. Después, se organizó la procesión claustral. Las cruces parroquiales precedían a la catedralicia, el clero tras sus cruces, los capellanes y beneficiados detrás, los canónigos con capa blanca con palias y cenefas bordadas, los dignidades mitrados, el prelado con sus asistentes, la música, los cantores, los Seises, las danzas... y la Ciudad, presidida por el conde de Salvatierra. Primera estación a la capilla de la Virgen de la Antigua. Después, recorrido por las últimas naves y llegada a la capilla de la Virgen de los Reyes, segunda estación. El prelado rezó las preces propias de la Concepción, y los Seises entonaron la antífona Conceptio tua Dei genitrix Virgo...
Cuando terminó la procesión y se llegó al altar mayor para comenzar la misa, era la hora del mediodía. Predicó el jesuita Juan de Pineda, que no habló esta vez del misterio, sino de la fiesta que se estaba celebrando.
Y comenzó el momento del juramento. El reloj iba a dar la una de la tarde. El texto, escrito en latín, se hallaba impreso en una tabla guarnecida de piedras preciosas. El diácono, precedido del maestro de ceremonia, la portó solemnemente al centro del presbiterio y, mirando hacia el altar, entonó con voz alta y majestuosa en solemne latín, que traduzco:
–Postrados a tus pies, oh María reina del cielo y tierra… Nos don Pedro de Castro, por la gracia de Cristo hijo tuyo, y de la Sede Apostólica arzobispo de Sevilla, y la venerable junta de nuestro Cabildo, y la muy noble y muy leal Ciudad de Sevilla... en este alegre y fausto día de tu festividad: Confesamos que tú, oh Madre de Dios, en el primer instante de tu Concepción, fuiste preservada del pecado original por los méritos de Cristo tu Hijo, previsto ya desde su misma eternidad, y ponemos a Dios y a tu Hijo por testigos que sostendremos firme y constantemente hasta el último trance de nuestra vida esta sentencia de tu preservación del pecado original y lo enseñaremos pública y privadamente con la ayuda de Dios… Esta sentencia, voto y juramento los ponemos a los pies de nuestro santísimo señor Paulo Papa V para que se digne confirmarlo con su Apostólica bendición.
El diácono levantó el tono de su cantinela y, puestos todos de rodillas, prosiguió:
Tú, pues, oh dichosa, oh sumamente dichosa, Beatísima Virgen, que desde la eternidad y antes de los siglos fuiste elegida y preservada por el mismo Dios, engrandece a nuestro santísimo señor Papa Paulo, para que tenga una paz y felicidad duraderas, llena de todo bien a nuestro católico rey Felipe (que constantemente se ofrece a tu Concepción sin mancha) y concédele la honra y gloria de una larga vejez y de un Imperio justo. Y a todos nosotros dígnate de alcanzar la pureza de costumbres y aborrecimiento de las inmundicias del pecado. En Sevilla, en el día 8 de diciembre, año de 1617.
El coro respondió con un majestuoso Deo gratias, acompañado por la orquesta.
El subdiácono tomó el libro de los Evangelios y, acompañado por el maestro de ceremonias y por el asistente mayor, don Félix de Guzmán, se acercó al arzobispo, que permanecía de pie y sin mitra en su sitial. El asistente le interrogó:
–¿Su señoría ilustrísima promete y jura por estos Santos Evangelios de Dios confesar siempre y defender esta opinión?
Y el arzobispo, puestas las manos sobre los Evangelios, contestó:
–Así lo ofrezco, así lo juro, así lo prometo, así Dios me ayude y estos Santos Evangelios. Amén.
En ese momento, la Giralda estalló en repique de gloria, coreada por las demás torres de la ciudad. Los barcos y bajeles del Guadalquivir atronaron sus salvas. Se abrieron las puertas del templo y las danzas penetraron en la catedral, mientras sonaba la música entre sus naves. Dos mil aleluyas caían desde las tribunas sobre los asistentes, con esta leyenda impresa: María concebida sin pecado original. El delirio se hizo dentro y fuera del templo catedralicio.
Sentado el arzobispo, con su mitra sobre las sienes, y puesto el libro de los Evangelios en su atril, comenzaron a jurar las corporaciones presentes. Primero, el Cabildo capitular, seguido del secular. Los regidores iban con sus armas, puesto que era un juramento de defensa. Los capellanes y veinteneros, la clerecía...

Eran las cuatro de la tarde cuando terminó la misa. En Sevilla continuaron las celebraciones. La más sonada fue la fiesta de toros y cañas que organizó don Melchor del Alcázar. No se tuvo hasta el 19 de diciembre, porque desde el día de la Inmaculada comenzó a llover con insistencia. Sosegado el tiempo, la plaza de San Francisco se convirtió en coso taurino, con la lidia de unos doce toros y el juego de cañas por dos lucidas cuadrillas de caballeros, cuyas cabezas eran el marqués de Ayamonte y don Melchor del Alcázar.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Doña María Coronel, envuelta en la leyenda

Mañana sábado, 2 de diciembre, como es tradición anual, será expuesto a los fieles en el Monasterio de Santa Inés de Sevilla el cuerpo incorrupto de doña María Coronel, su fundadora, sugeridora de una de las leyendas más bonitas de Sevilla.
El rey enamoradizo persigue a la dama. Ella, de deslumbrante hermosura, guarda su viudez tras las rejas de un convento. Como los muros no son obstáculo suficiente para el antojadizo rey, la dama realiza un último y supremo gesto trágico: se arroja aceite hirviendo sobre la cara, que le desfigura su hermoso rostro. El rey es don Pedro I de Castilla, para unos el Cruel, para otros el Justiciero. La dama es doña María Coronel. Érase una vez, allá por el siglo XIV, cuando ocurrió esta curiosa leyenda sevillana.
Este 2 de diciembre, además de poder contemplar su cuerpo, que se halla en una urna en el coro de la iglesia del monasterio, se puede comprar los dulces exquisitos de las monjas, entre ellos los célebres bollitos de Santa Inés, e igualmente una nueva edición de la «Historia y leyenda de doña María Coronel», escrita por mí y cuyos derechos de autor cedí al monasterio desde su primera edición en 1980.


Cuando inicié mi estudio sobre su figura para escribir su biografía, me topé con esa inquietante mancha que tiene en el rostro, sugeridora de lo que afirma la leyenda: que se quemó el rostro con aceite hirviendo en el convento de Santa Clara, donde se hallaba recluida. Pedí y se me concedió la necesidad de un reconocimiento médico que avalase con las técnicas modernas los reconocimientos visuales habidos en siglos pasados. Se hizo cargo de ello la Real Academia de Medicina de Sevilla, que nombró una Comisión Especial, formada por su presidente Gabriel Sánchez de la Cuesta, y los académicos José Domínguez Martínez, médico legista; Ildefonso Camacho Baños, analista; Ángel Rodríguez de Quesada y Cobián, electrorradiólogo; Antonio Hermosilla Molina, historiador; José Luis López Campos, histopatólogo; y Eloy Domínguez-Rodiño y Domínguez-Adame, secretario general. También acordó que a dicha Comisión acompañara Francisco Peláez del Espino, especialista en conservación y restauraciones, «con el fin de que aconseje debidamente lo que deba hacerse para la mejor conservación de dichos restos en el futuro».
Y así, el 25 de marzo de 1979, de forma solemne y ante la presencia del notario eclesiástico Manuel Terol, se procedió a la exhumación. Llevado el cuerpo a una sala contigua al coro, los médicos procedieron a su estudio en distintas sesiones con una toma incluso de un pequeño trozo de piel quemada que fue examinada en la Universidad de Granada. Antes de su nueva inhumación, 17 de abril de 1979, el cuerpo de doña María Coronel fue expuesto junto a la reja del coro y pudo ser contemplado muy cerca por el pueblo sevillano —con expectación inusitada y cola interminable— durante los días 15 y 16 de abril, domingo de Resurrección y lunes de Pascua. Doña María Coronel ofrecía a sus devotos un aspecto nuevo: sus monjitas le habían cambiado el hábito de tisú de plata que llevaba desde la exhumación de 1833, y la vistieron con el hábito marrón de las clarisas franciscanas.
El martes de Pascua, 17 de abril de 1979, a las cuatro de la tarde, tuvo lugar la inhumación definitiva en presencia de la Comisión médica y del notario eclesiástico. Tras una sencilla ceremonia religiosa, en la que se leyó una lectura bíblica referente a la resurrección, doña María Coronel fue colocada de nuevo en la urna y ésta cerrada herméticamente. Bajo el pliegue de su manto, una carpeta con la firma de todos los presentes llevaba este lema: «En recuerdo de la exhumación judicial del cuerpo venerable de doña María Coronel (25 marzo - 17 abril de 1979) y como un deseo de perpetuar junto a ella los nombres de las personas que más directamente han intervenido en su reconocimiento médico y en el conocimiento de su vida y de sus virtudes. Que doña María Coronel interceda piadosamente ante Dios por todos nosotros para que nos veamos un día en la incorrupción gloriosa de la definitiva Pascua de Resurrección. Sevilla, Martes de Pascua, 17 abril 1979». En página aparte, y con la firma del arzobispo, se leía: «Este reconocimiento se efectuó bajo el Pontificado del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal D. José María Bueno y Monreal, Arzobispo de Sevilla».
El informe médico ofreció un estudio exhaustivo sobre el cuerpo de doña María Coronel, pero no sacó conclusiones definitivas sobre las manchas cutáneas que se observan en su rostro y pecho. El informe, importante desde el punto de vista médico, dejó un pelillo de desilusión en los muchos devotos de doña María Coronel, que hubieran deseado ver confirmada desde el campo de la medicina su pregunta inquietante:
—¿Verdad que es cierta la quemadura del rostro?
O la del pueblo de Sevilla, curioso de sus leyendas:
—¿Es quemadura o no la mancha del rostro?
La investigación médica no encontró razones científicas «para decidir si la causa de las modificaciones que aparecen fue producida o no por quemaduras». Es decir, mantenía el suspense.
Una última exhumación tuvo lugar el 20 de marzo de 1993 para la restauración del cuerpo y desinfección de bacterias y hongos. Se hallaban presentes la comunidad de Clarisas con su abadesa sor Mercedes de Santa Clara Gaviño; por los padres franciscanos, fray Manuel Tohaces; el historiógrafo de la fundadora, Carlos Ros; y Antonio Hermosilla, médico académico de la Real Academia de Medicina de Sevilla. También el equipo médico venido de Italia y dirigido por el doctor Nazzareno Gabrielli, director del Departamento de Investigaciones Científicas de los Museos Vaticanos, y formado por María Venturini, primario del Hospital de S. Giovannni de Roma, Ezio Fulcheri, anatomopatólogo del Instituto de Arqueopatología de Génova, Riccardo Montacutelli, microbiólogo higienista de la Universidad de Roma La Sapienza, Oriana Maggi, micóloga de la Universidad de Roma La Sapienza, y Massimo Beneditucci, arquitecto.
El cuerpo de doña María Coronel, una vez restaurado, fue expuesto al pueblo sevillano junto a la reja del coro los días 30 de noviembre y 1 y 2 de diciembre de 1993, con gran afluencia de fieles. En la noche del 2 de diciembre, día en que tradicionalmente se expone a la veneración de los fieles, fue colocada de nuevo en su urna.
La investigación dio como resultado que doña María Coronel había vivido con la cara vendada por los signos impresos que hay en ella y ocultaba una herida que no se cicatrizaba, originada por un ácido, sin llegar a demostrarse que fuera aceite hirviendo.
La mancha del rostro, inquietante y sugerente, está ahí. Doña María Coronel sigue envuelta en la leyenda.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Sin pecado original, que lo manda el Papa

Un correo extraordinario salió de Roma con un decreto pontificio para Felipe III. El correo llegó a Madrid el 8 de octubre de 1617. Saltó la noticia a la calle y corrió la voz de que incluso un prodigio se había obrado ante la hornacina de una Concepción pintada en la pared en la Puerta del Sol. Se decía que al apearse el correo que traía el decreto de Roma, se encendió milagrosamente una lámpara sin que nadie la hubiera alimentado.
En la corte se dispuso una misa solemne en acción de gracias con procesión, organizada por don Diego de Guzmán, patriarca de las Indias, que es «quien guiaba la danza», en expresión irónica del nuncio. Pero Caetani, siguiendo indicaciones de Roma, que no quería manifestaciones de júbilo para no herir a la parte contraria, lo pudo impedir. Y así, con un fervor popular contenido y cierta tibieza, se vivió la llegada del buleto a la corte.


 Pero en Sevilla no será así. Aunque le pese al nuncio. El domingo 15 de octubre se desató un júbilo desbordante. A las cinco de la tarde, vino con la estafeta el buleto de Roma que había llegado días antes a la corte de Madrid. A las tres horas, ya era público en toda la ciudad. El arzobispo y luego el cabildo «enviaron al fiscal por todas las parroquias a que repicasen… repique que tuvo desde las doce de medianoche hasta las seis de la mañana, extendiéndose el caso por la ciudad, indecible lo que en Sevilla pasó esta noche, y dos siguientes de fuegos, corro de gentes, luminarias, bailes, compañías de soldados, máscaras... un espanto de gozo y alegría universal».
La calle Génova se llenó de gente que gritaba: Sin pecado original. En Sierpes muchachos repetían: Sin pecado original. Los franciscanos hicieron candelas en el compás de su convento. En la plaza de San Francisco apareció un estandarte de la Concepción, mientras sonaban las trompetas y chirimías. Otros corrían por la ciudad, «no cantando sino a gritos»: Sin pecado original, que lo manda el Papa. En la calle Colcheros (actual Tetuán) colgaron de un pie el pecado original, vestido de luto. «La ciudad se llenó de luces y repiques de campanas...».
A la mañana siguiente, lunes 16, se reunió el cabildo y acordó que al mediodía repicasen las campanas –ya lo había hecho espontáneamente durante la noche– y que al domingo siguiente, 22 de octubre, hubiera una procesión general de acción de gracias procesionando a la Virgen de los Reyes y convidando al clero y religiones y al cabildo de la ciudad.
El cabildo secular ordenó que se alegrase la noche con luminarias y fuegos con chirimías y trompetas.
Y todo, ¿por qué?
El buleto venido de Roma es el decreto Sanctissimus Dominus noster, fechado el 31 de agosto de 1617 y firmado por el Papa, en el que se decía que «en adelante, hasta tanto que Su Santidad o la Santa Sede lo defina o lo derogue, nadie se permita afirmar públicamente, en sermones, lecciones o conclusiones y otros actos de cualquier naturaleza que la Santísima Virgen fue concebida en pecado original».
Un pequeño triunfo de la embajada española, formada por el arcediano Vázquez de Leca y Bernardo de Toro, para conseguir de Roma la definición dogmática de la Concepción Inmaculada de María, cosa que no se logró, aunque sí acallar a los predicadores de la opinión rigurosa frente a la pía opinión, acogido con júbilo y fiesta al llegar el decreto a España.
La gente vivía con tal calentura el anuncio del buleto, que llegaron a invadir el patio del palacio arzobispal y obligar al viejo arzobispo a salir al balcón para compartir esa noche de jolgorio.
El arzobispo tuvo un gesto indulgente. Ordenó soltar todos los presos por deudas de sus cárceles, obligándose su señoría ilustrísima a pagar a los acreedores.
La Virgen de los Reyes fue paseada la mañana del domingo 22 de octubre por bajo de Gradas de la catedral. Iban todos: la clerecía, las religiones, las hermandades, el arzobispo... Al término de la procesión, comenzó la misa solemne, con predicación, cosa admirable, del provincial de los dominicos, Maestro Cano.
Y se repitieron las manifestaciones populares, y se prodigaron las máscaras, es decir, esas compañías de nobles que corrían a caballo la ciudad con hachas encendidas. Y los triduos, octavarios y novenarios en las iglesias.
Era una forma sutil de responder a los maculistas, que, agazapados, qué remedio, ante el jolgorio popular, hacían atisbos de dar la cara cuando podían.
Los jubeteros han montado unas máscaras. También los barberos y cirujanos. El 13 de noviembre, el gremio de gorreros y sederos se luce con un gran torneo. Y el 26, los plateros montan un paseo de gala.
El convento Casa Grande de la Merced calzada lo ha celebrado con un triduo solemne. La parroquia de Omnium Sanctorum, con un novenario y encamisadas y luminarias por el barrio de la Feria. La parroquia de San Miguel, con un novenario y luminarias en el frontero palacio de los duques de Medina Sidonia. Un octavario organizó la parroquia de San Marcos. Y lo mismo la parroquia de Santa Ana, en Triana, y el convento mercedario descalzo de San José. Un triduo, el Hospital de San Lázaro, extramuros de la ciudad... Y etcétera.
Los negros de la ciudad tienen una hermandad titulada del Santo Cristo de la Fundación y María Santísima de los Ángeles, conocida popularmente como Los Negritos. Aman a la Virgen, son muy fervorosos de la opinión pía, quieren unirse a los festejos, pero no tienen dinero para costear los cultos. Entonces dos negros se ofrecieron como esclavos para conseguir los doscientos pesos necesarios. La tradición sevillana cuenta que el trato se hizo en la calle de Catalanes (hoy Albareda), junto a los muros del convento de San Francisco. Serrano Ortega encontró en el Archivo de la Catedral un precioso documento que confirma la leyenda de estos negros que vendieron su libertad:
–Fernando de Molina, Hermano mayor de esta Cofradía, y Pedro Francisco Moreno, que hace el oficio de alcalde en ella, decimos: que faltando el dinero para nuestra fiesta: y no teniendo modo de haberlo: con altas voces que dimos pregonamos: que si se hallase alguno que diese sobre nuestras personas que éramos libres doscientos pesos de a ocho, nosotros quedaríamos por esclavos de quien los diese para nuestra fiesta. Oído esto, salieron algunos devotos y nos dieron hasta ochenta pesos de limosna, y Gerónimo Rodríguez de Morales nos ha prestado ciento y veinte sobre nuestras cartas de libertad con que ya tenemos para nuestra fiesta que puede cuando quisiere determinarla la cofradía.
El arzobispo de Sevilla, el anciano don Pedro de Castro, animado por el buleto, quiere hacer voto solemne de defender el misterio inmaculado el 8 de diciembre. Los canónigos se adhieren unánimes, y el cabildo de la ciudad. Pero ese día en que la ciudad de Sevilla hizo voto en defensa de la Concepción Inmaculada de la Virgen María merece un capítulo nuevo, llegado su día.

jueves, 23 de noviembre de 2017

¿La Tierra es plana?

El 10 de agosto de 1519 partió del puerto de Sevilla una escuadra de cinco naves, capitaneada por Fernando de Magallanes, dispuesta a dar la vuelta al mundo. Esta aventura se culminó tres años después, 8 de septiembre de 1922, con la llegada a Sevilla de un solo barco, la nao Victoria, al mando de Juan Sebastián Elcano y otros 17 supervivientes, habiendo logrado una imponente hazaña para la época.
Fue una demostración práctica de lo que ya se sabía desde el tiempo de los griegos: la redondez de la tierra. 

Tierra plana y Globo terráqueo

Pues existe actualmente en Estados Unidos –donde «hay gente pa tó», que diría aquel– quienes niegan la redondez de la tierra y afirman que no es un globo sino un disco plano. Constituidos en asociación, la Flat Earth Society (Sociedad de la Tierra Plana), ha tenido en estos días pasados, 9 y 10 de noviembre, un Congreso en Carolina del Norte con asistencia de unas 500 personas y conferencias como la «NASA y otras mentiras espaciales» o «Tierra plana con el método científico». El próximo Congreso de Flat Earth se llevará a cabo en Denver (Colorado) el 15 y 16 de noviembre de 2018, por si alguien, que se ha perdido esta, tiene intención de acudir.
Estos terraplanistas conciben la tierra como un enorme disco circundado en sus bordes por un inmenso muro de hielo circular de 45 metros de alto, donde se ubica la Antártida, «un lugar donde se corre un peligro de muerte», según John Davis, uno de los responsables de Flat Earth. Juan Sebastián Elcano, para ellos, no dio la vuelta al mundo, se limitó a hacer una «navegación circular» sobre el plano terráqueo.
El rapero norteamericano Bobby Ray Simmons, conocido como B.o.B., ha iniciado una campaña para recoger dinero y demostrar que la tierra es plana. Quiere conseguir un millón de dólares para enviar a gran altura satélites, globos y drones que capten imágenes del supuesto disco terráqueo. Por lo visto, solo ha recaudado algo más de seis mil dólares de solo 224 personas.
Los argumentos que esgrimen los terraplanistas son bien simples. Unos arguyen el aspecto del horizonte, que no lo ven curvo. Otros, se basan en explicaciones religiosas. El terraplenista cristiano se apoya en el «literalismo bíblico» al interpretar el relato de la creación del libro del Génesis.
Sostienen también que el hombre no fue a la Luna, todo fue un montaje de la NASA, que entre sus muchas mentiras está la famosa imagen de la Tierra el día de Navidad de 1968 por el astronauta William Anders en la misión Apollo 8.
Estas son las contradicciones en una sociedad culta como la estadounidense: que puedan existir personas instruidas que anden defendiendo, incluso en congresos, semejante idea. La redondez de la tierra ya fue conocida por los filósofos griegos. Pitágoras (530 a.C.), Parménides (480 a.C.), Platón (428-348 a.C.), Aristóteles (384-322 a.C.), Euclides (300 a.C.) y Arquímedes (287-212 a.C.) se alinearon a favor de la redondez de la Tierra. Bien es verdad que sostenían el geocentrismo. Para Aristóteles la Tierra era una esfera inmóvil situada en el centro del universo, con los cuerpos celestes moviéndose a su alrededor en perfectas y concéntricas esferas. El geocentrismo cederá ante el heliocentrismo ya en los inicios del Renacimiento con Copérnico (1473-1543). Pero el hecho de que la Tierra gire alrededor del Sol (heliocentrismo) y no al revés (geocentrismo) es distinta de la idea de que sea redonda o plana.
Esta tesis de la redondez de la Tierra, según ciertos textos escolares americanos, se oscureció durante la Edad Media para resurgir, tras los clásicos griegos, con el Renacimiento. Se cuenta en esos textos que fue Colón quien probó que el mundo es redondo. Lo cual no es cierto. La clase culto medieval, que vivió antes de Copérnico, creía ya que los planetas y las estrellas giraban alrededor de una Tierra, que era un globo. Dante, en su Divina Comedia, coloca la Tierra en el centro del cosmos, rodeada de esferas concéntricas
En España tenemos un astronauta, Pedro Duque, que tiene la experiencia propia de haber dado la vuelta al mundo en una aeronave, y tenemos a un youtuber con unos 90.000 seguidores, Oliver Ibáñez, que cree que la Tierra es plana y que la Luna no es un satélite.
Pedro Duque se ha preguntado en un twitter:
 –… si hay alguien que se cree de verdad que la tierra sea plana - no como broma. Alucino que haya un youtuber en Español con 88.000 inscritos sobre este tema...
A lo que le ha contestado Oliver Ibáñez:
–Gracias por la mención, Pedro. La gente cree que la Tierra es plana e inmóvil porque así lo indica el método científico y la simple observación. La Tierra bola, en cambio, está basada en teorías que jamás se han comprobado y en imágenes fraudulentas creadas por ordenador. Saludos.
Y el tío se ha quedado tan pancho. Lo que me demuestra que cortos de alcances los hay en todas partes. No solo en Norteamérica.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Virgen de la Antigua

La capilla de la Virgen de la Antigua es de las más hermosas de la catedral de Sevilla. Y con esa Virgen mural, que la preside, de tanta devoción entre los sevillanos. Llamada de la Antigua por su mucha antigüedad, del tiempo de los godos, según cuentan las viejas crónicas de Sevilla. Aunque en verdad se trata de un fresco del siglo XIV.
Una leyenda, que José Gestoso no lleva más allá de finales del siglo XVI y principios del XVII, remonta esta pintura a la época visigoda, en tiempos de san Hermenegildo. Oculta por una pared durante la ocupación musulmana, fue venerada por los mozárabes y por el mismo san Fernando que, ocultamente, venía a venerarla, durante el sitio de la ciudad.
  

Pero esto no deja de ser una bella tradición local. Proveniente de la catedral vieja, esta Virgen mural se hallaba en un principio en el lugar que ahora ocupa la verja de entrada a esta capilla, en posición invertida hacia dentro. Ubicarla en el lugar privilegiado de ahora fue todo un trabajo de ingeniería realizado en noviembre de 1578, bajo la dirección del arquitecto Asencio de Maeda, maestro mayor de la catedral. (Zúñiga y González de León dicen que ocurrió el 18 de noviembre; Juan de Loaysa, el 15 de noviembre, y otras memorias el 22 de noviembre).
Bien, sea el día que fuere, lo importante es señalar lo arriesgado de la operación. Se cortó el muro, forrado con recios tablones, todo alrededor de la imagen y, con rodillos y poleas, fue llevado suavemente al lugar que ahora ocupa. Se logró «sin que de ella ni un leve terrón se desmoronase». La operación duró dos días. El arzobispo había pedido rogativas por el éxito de este trabajo de delicada ingeniería y el cabildo catedral procesionó a esta capilla para celebrar una misa en acción de gracias, oficiada por Alonso Fajardo de Villalobos, obispo dimisionario de Esquilache, canónigo y arcediano de Sevilla. La operación fue achacada a milagro y a las muchas oraciones de los sevillanos.
La Virgen de la Antigua se muestra de pie, de tamaño natural, tal vez mayor, con el Niño en el brazo izquierdo y ofreciéndole una rosa con el derecho. El Niño sostiene en sus manos un pajarillo. A los pies de la imagen aparece una mujer rezando de rodillas. Hay quien dice que se trata de doña Leonor, esposa de Fernando de Antequera, muy devota de esta imagen. Su esposo, que fuera rey de Aragón, debió hallarse retratado al otro lado, pero con la incuria del tiempo y el traslado se debió perder.
Rezar ante la Virgen de la Antigua, antes y después de la partida hacia América, era costumbre devota de todos los marineros. Por eso, también, su devoción está tan extendida en el continente americano. Cristóbal Colón le dedicó la primera capilla en la isla de Santo Domingo; Hernán Cortés erigió iglesias dedicadas a su culto en México; la catedral de Darién, en Panamá, fue erigida bajo su advocación... Todos los misioneros de los primeros tiempos de la conquista de América llevaban la devoción de la Virgen de la Antigua por todos los rincones de las Indias.
En el siglo XVIII, el arzobispo don Luis de Salcedo adornó la capilla con altar, retablo y su propio sepulcro. Y en el siglo XX, el 24 de noviembre de 1929, esta imagen fue coronada canónicamente por el cardenal Ilundáin. Ello se refleja visiblemente en las coronas y nimbos que aparecen sobre la Virgen y el Niño, de oro y pedrería, obra del orfebre y sacerdote Granda Builla, costeada por suscripción popular.
Se celebraba ese año de 1929 las bodas de diamante de la definición del dogma de la Inmaculada. Sevilla lo celebró con el Congreso Mariano Hispano-Americano, tenido del 15 al 21 de mayo, y con la coronación canónica de la Virgen de la Antigua.
El himno del Congreso, letra del agustino fray Restituto del Valle y partitura musical del maestro Eduardo Torres, expresa en su primera frase el amor de esta tierra por María y de María por esta tierra de Sevilla:

Salve Madre, en la tierra de tus amores,
te saludan los cantos que alza el amor.

A la coronación de la Virgen de la Antigua asistió con el pueblo de Sevilla una representación de todas las naciones americanas con sus banderas a los pies de la Señora. Recuerden que se celebraba entonces en la capital hispalense la Exposición Ibero-Americana. Estaban presentes también en la catedral los infantes de España.
Por la tarde, una procesión de más de cuatro mil hombres recorrió las calles de Sevilla en forma de Rosario, con las imágenes de la Virgen de la Paz, de la parroquia de Santa Cruz (misterios gozosos), la del Rosario de Montesión (misterios dolorosos), y la de Todos los Santos (misterios gloriosos). Cerraba la procesión un lienzo de la Virgen de la Antigua sobre las andas de la custodia del Corpus y enmarcada por un fragmento del altar de plata del Salvador.
Ante ella han querido reposar eternamente no po­cos arzobispos y canónigos. Y han orado santos como san Diego de Alcalá, san Juan de Ávila, san Francisco de Borja, santa Teresa de Jesús, san Juan de Ribera... Ante ella se han postrado reyes, como Felipe II, que dio su nombre a la cofradía de Nuestra Señora de la Antigua y quiso dedicar la capilla del Alcázar sevillano con el nombre de Nuestra Señora de la Antigua, o el emperador Carlos V, que puso en sus estandartes su imagen. En el siglo XVII llegó a tener hasta veintitrés capellanes al servicio del culto de la Virgen y más de cien lámparas de plata ardían ante su imagen.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Hay gente que no soporta al papa

Leo al teólogo José María Castillo:
–Es un secreto a voces que en la Iglesia hay gente que no soporta al papa.
Y añade:
–Lo más extraño, en este desagradable asunto, es que estamos ante un fenómeno que, en buena medida, es nuevo en la Iglesia. Al menos, desde la Ilustración hasta el día de hoy. Es verdad que, ya en el pontificado de Juan XXIII, se notaron algunos síntomas que apuntaban en esta dirección. Los grupos más conservadores de aquel tiempo no estaban de acuerdo con el papa Roncalli en cuestiones de cierta importancia. Pero lo que está ocurriendo con el papa actual es distinto. No sólo por el hecho de que hay quienes se atreven a decir que Francisco es «hereje», sino por algo que, a mi manera de ver, es más significativo. Se trata de que un grupo notable de personalidades del mundo eclesiástico está en contra del papa, al tiempo que masas enormes del pueblo sencillo, incluso entre gentes que no son creyentes para nada, son quienes aclaman entusiasmados a este papa. El papa de los pobres, de los enfermos y los niños, de los ancianos y los ignorantes. Incluso el papa que seduce a gentes sin creencias religiosas o que pertenecen a culturas que poco o nada tienen que ver con el catolicismo.


 Quizás lo más resonante últimamente de oposición al papa sea esa carta de «corrección filial» firmada por 40 clérigos y académicos de 20 países, enviada al papa Francisco el pasado 11 de agosto y que no ha tenido respuesta, sobre la exhortación Amoris laetitia. Ningún cardenal ni obispo han firmado esta carta, aunque sí algún obispo lefrebviano.
La publicación de la Amoris laetitia, aparecida en abril de 2016, suscitó críticas de los cardenales Raymond Burke, Walter Brandmueller, Carlo Caffarra y Joachim Meisner (los dos últimos ya fallecidos), que en septiembre de 2016 escribieron al Papa para solicitar una aclaración, las dubia.
El documento del que hoy hablamos tiene un título latino: Correctio filialis de haeresibus propagatis (literalmente: ‘Corrección filial con respecto a la propagación de herejías’), que consta de veinticinco páginas y afirma en resumen que la exhortación apostólica Amoris Laetitia de Francisco contiene siete herejías respecto a la doctrina de la Iglesia Católica sobre el matrimonio y la familia.
Creen en el carisma de la infalibilidad del papa pero niegan la existencia de este carisma papal en la Amoris laetitia, pues «ninguna de las afirmaciones que han servido para propagar las herejías que esta exhortación insinúa están protegidos por aquella garantía de verdad. Nuestra corrección es, en verdad, requerida por la fidelidad a las enseñanzas papales infalibles que son incompatibles con ciertas afirmaciones de Su Santidad».
Afirman los firmantes en la primera parte de la carta que, como creyentes católicos y practicantes, tienen el derecho y el deber de emitir dicha corrección al Sumo Pontífice.
En la segunda parte, núcleo del documento, aparece el contenido de la «corrección». Enumera los pasajes de Amoris laetitia en los que se insinúan o alientan posturas heréticas. El papa Francisco evitó responder en ella con un sí o un no rotundo a la posibilidad de que, atendiendo al caso concreto, las personas divorciadas vueltas a casar pudieran volver a comulgar. Se acusa también al papa de apoyar «la creencia de que la obediencia a la Ley de Dios puede ser imposible o indeseable, y que la Iglesia debería, a veces, aceptar el adulterio como un comportamiento compatible con la vida de un católico practicante».
En la parte final, llamada «Dilucidación», apunta dos causas de esta singular crisis. Una de ellas es el Modernismo, que defiende la creencia de que Dios no ha entregado verdades definitivas a la Iglesia, que esta debiera continuar enseñando, exactamente en el mismo sentido, hasta el final de los tiempos. Solo verdades provisionales, nunca dogmas inamovibles. El Modernismo ya fue condenado por el papa san Pío X.
La segunda causa de la crisis es la influencia de Martín Lutero en el papa Francisco. La carta refleja cómo Lutero, fundador del Protestantismo, tenía ideas sobre el matrimonio, el divorcio, el perdón y la ley divina que se corresponden con las que el papa ha promovido mediante sus palabras, actos y omisiones. Y el elogio explícito y sin precedentes que el papa Francisco ha dedicado al heresiarca alemán.
Los firmantes profesan su lealtad a la Iglesia Católica, garantizan al papa sus oraciones y solicitan su bendición apostólica. Casi, casi, como concediéndoles ellos su perdón.
Evidentemente, hay gente que no soporta al papa. Y ello se ha de buscar en teólogos integristas. «Gente importante que –como dice José María del Castillo– se preocupa más por la fidelidad al Dogma, al Derecho y a la Liturgia que al Evangelio y al «seguimiento» de Jesús.