sábado, 17 de febrero de 2018

Nacimiento de Gustavo Adolfo Bécquer

En el Parque de María Luisa, junto a un taxodio, ese mágico árbol indiano de patético recuerdo en la Noche Triste de Hernán Cortés, se encuentra el majestuoso monumento a Gustavo Adolfo Bécquer, el más grande poeta que ha dado Sevilla. Obra del escultor Coullaut Valera, fue inaugurado el 9 de diciembre de 1911 y cedido a la ciudad de Sevilla por los hermanos Alvarez Quintero, que destinaron a este fin los derechos de autor de su obra La rima eterna.

  
Glorieta de Bécquer, en el Parque de María Luisa de Sevilla.

El escolapio Enrique Iniesta, nieto del escultor Coullaut, escribió de este monumento, que se encuentra en la glorieta de Bécquer al comienzo del Parque de María Luisa: «Gustavo Adolfo desemboza su capa sobre plinto modernista sin flor que falte. Tres muchachas se han sentado a su pie. En ellas –y sobre ellas– el Amor pasa: o lo esperan lo viven o lo recuerdan o está muriendo. Las tres mujeres están duplicadas en las que miran el grupo. Allí van las mocitas a esperar el amor, a vivirlo y a añorarlo. En los bancos que rodean la glorieta nunca sola, las parejas y los solitarios repiten en vivo el monumento. El árbol es un taxodio o ciprés de agua. Es romántico (fue plantado en 1870, justamente el año de la muerte de Bécquer) y es exótico (originario de la cuenca del Mississippi). Ampara a unos y a otros, los amantes de mármol, bronce o carne».
Explorador de los más hondos sueños y sentires del corazón, Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836, en la calle Conde de Barajas, junto a la plaza de San Lorenzo. Su padre, José Domínguez Insausti, pintor mediano, murió cuando Bécquer tenía cinco años. Su madre, Joaquina Bastida Vargas, falleció cuando el poeta cumplía los once años. En realidad, el apelativo Bécquer, que lo ha inmortalizado, es el quinto en el orden de sus apellidos. Si lo utilizó, lo mismo que su padre, fue por razón de prestigio. Los Bécquer habían llegado a Sevilla a finales del siglo XVI procedentes de Flandes y tenían en la catedral una pequeña capilla con esta inscripción: «Esta capilla y entierro es de Miguel y Adam Bécquer, hermanos, y de sus herederos y sucesores. Acabóse de construir el año 1622». Gustavo Adolfo Bécquer es el poeta que inaugura la lírica moderna española al mismo tiempo que nos conecta con la poesía tradicional, popular y anónima.
La primera edición de las Rimas de Bécquer se publicó en Madrid en 1871, un año después de la muerte del poeta. Después se han hecho innumerables ediciones, convirtiéndose las Rimas en el libro de poesía en castellano más veces reeditado.
La corta existencia de Bécquer como poeta se desarrolló en Madrid, adonde marchó en 1854, a los dieciocho años, con treinta duros en el bolsillo. La villa y corte era el deseo de sus sueños, la capital del reino se rendiría a los pies del poeta incipiente. Pero Madrid le acogerá con más pena y miseria que otra cosa. Lo recordará más tarde en la Rima LXV:

Llegó la noche y no encontré un asilo;
¡Y tuve sed!... Mis lágrimas bebí.
¡Y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!

Pero su vena poética se amamantó de los recuerdos de su niñez en Sevilla y larvado en su corazón llevó siempre el embrujo de su ciudad natal. Narciso Campillo, uno de sus mejores amigos, evoca aquellos tiempos sevillanos en los que creaban fábulas y leyendas al recorrer las amplias naves de la catedral o al rumor de las aguas del Guadalquivir:
–¡Con qué placer me recordaba Bécquer nuestros paseos en lancha por el Guadalquivir, donde bogábamos los dos entre márgenes cubiertas de álamos, sauces, palmeras, cipreses y naranjos, llenos de penetrantes perfumes de azahar y alumbrados por un sol de fuego, o por la redonda y ancha luna que hacía brillar el río como si fuese plata fundida! ¡Cómo gozaba también al recordar nuestros solitarios paseos a las ruinas de Itálica; las cien y cien leyendas que formábamos en voz baja, ya vagando por las gigantescas naves de la desierta catedral, ya inmóviles o contemplando entre la sombra de algún ángulo apartado el sepulcro de un sabio, de un santo, de un guerrero, o las innumerables estatuas de ángeles, vírgenes, profetas, salmistas, reyes y apóstoles que, desde los huecos de sus hornacinas o desde los pintados vidrios, parecían mirarnos tristemente a nosotros, tan jóvenes y tan entusiastas!
En Madrid murió el 22 de diciembre de 1870, casi desconocido. La Correspondencia de España, el periódico más importante de Madrid, no reseñó su fallecimiento. Otros periódicos le dedicaron algunas líneas. La Ilustración de Madrid, de la que Bécquer era director, dio la noticia de su muerte... ¡cinco días después! Sus amigos Narciso Campillo, Ramón Rodríguez Correa y Augusto Ferrán se encargan de recoger su obra poética dispersa. La primera edición de las Rimas sale en 1871. Y las ediciones se suceden. Bécquer resurge de sus cenizas y se inmortaliza. Como el Cid, su gran y definitiva batalla la gana después de morir.

sábado, 10 de febrero de 2018

Renuncia de Benedicto XVI. Cinco años

El 11 de febrero de 2013, festividad de la Virgen de Lourdes, el papa Benedicto XVI anunció su renuncia al papado durante un consistorio ordinario público, o reunión del colegio cardenalicio. Dijo en un latín que algunos cardenales no occidentales no llegaron a captar:
–Tras haber examinado repetidamente mi conciencia ante Dios, he llegado a la certeza de que mis fuerzas, dada mi avanzada edad, ya no se corresponden con las de un adecuado ejercicio del ministerio petrino… Por esta razón, y muy consciente de la gravedad de este acto, con plena libertad declaro que renuncio al ministerio de obispo de Roma, sucesor de san Pedro… Queridos hermanos, les agradezco muy sinceramente todo el amor y el trabajo con el que me apoyaron en mi ministerio y les pido perdón por todos mis defectos.


Papa Francisco y Benedicto XVI

La renuncia a la sede apostólica se haría efectiva días después, 28 de febrero a las 20 horas de Roma, y se daría comienzo a un cónclave para elegir al siguiente sumo pontífice. Quien primero dio la noticia al mundo, antes que Radio Vaticana, fue la reportera italiana Giovanna Chirri, de la agencia de noticias ANSA, que sabía latín.
Por ser lunes de carnaval, en Alemania, patria de Benedicto XVI, lo tomaron como una broma. Pero la renuncia era cierta y de ello se enteraron pronto y con estupor los cardenales no duchos en la lengua de la Iglesia católica.
Tenía Benedicto XVI 85 años y cerca de ocho de pontificado, habiendo sido elegido papa el 19 de abril de 2005. Ahora pasará a denominarse Papa Emeritus. Y el uso de la sotana blanca y el hecho de residir en el Vaticano, fue decisión propia. Cosa que creará ciertas críticas.
Hans Küng, viejo compañero de cátedra en Alemania y decidido opositor a su pontificado, escribirá:
–Me parece preocupante que Joseph Ratzinger, como «papa emérito», no se retire a su patria bávara o a algún bello lugar en Italia, sino que vaya a residir en el futuro en el centro de poder que es el Vaticano, justo al lado del Palacio Apostólico. Y ello, no en un monasterio, como erróneamente se difunde, sino en un antiguo convento reconvertido en una hermosa y espaciosa residencia, donde seguirá siendo atendido, como hasta ahora, por cuatro hermanas de un instituto laical italiano y donde, sobre todo, tendrá también a su disposición a quien ha sido su secretario particular, Georg Gánswein. El futuro dirá si esto es sensato o si propicia, en cuestiones controvertidas, polarizaciones en la curia y la Iglesia. Sea como fuere, en una entrevista publicada en Der Spiegel (18 de febrero de 2013) advierto del peligro de un papa en la sombra, que, aunque haya renunciado a la cátedra de Pedro y prometido «obediencia absoluta» a su sucesor, pueda y quiera seguir influyendo indirectamente. Pues el hecho de que el papa, antes de hacerse efectiva su renuncia, haya ordenado arzobispo a su secretario, para enfado de muchos curiales, nombrándolo incluso a última hora prefecto del Palacio Apostólico, lo considero inquietante de cara al futuro. A algunos, incluso en la curia, esto les parece nepotismo de nuevo cuño. Pero aún más inquieta a muchos el nombramiento del reaccionario obispo de Ratisbona y editor del legado teológico de Ratzinger, Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Será el papa Francisco quien haga cardenal a Müller en febrero de 2014, en su primer consistorio, y quien no le renueve el cargo de prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe en 2016, eligiendo en su lugar el hasta entonces secretario de la Congregación, el arzobispo y jesuita español Luis Ladaria Ferrer.
El cardenal conservador Gerhard Müller se había mostrado no pocas veces desleal y desde su destitución en un opositor a la figura del papa Francisco.
Pero volvamos a la renuncia de Benedicto XVI. Hay que reconocer que ha sido un acto valiente y generoso. Insólito por otra parte, sólo se conoce el caso de Celestino V (1294), monje que renunció al papado a los cinco meses de su elección. Dante lo colocó en el infierno en la Divina Comedia porque «hizo por cobardía el gran rechazo». Pero Clemente V lo canonizó «santo confesor» en Aviñón en 1313.
Contemplada está la renuncia en el Código de Derecho Canónico, canon 332, 2:
–Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.
Muy otro fue el parecer de su antecesor Juan Pablo II, quien sostenía que renunciar al papado era como abandonar la cruz y advertía «como grave obligación de conciencia el deber de continuar desarrollando la tarea a la que Cristo mismo me ha llamado». En 1994, durante su permanencia en el hospital Gemelli, Juan Pablo II expresó: «No hay lugar en la Iglesia para un papa emérito».
Pero la situación de Juan Pablo II, en sus últimos días, cayéndosele la baba y sin poder siquiera pronunciar palabra, resultaba penosa y preocupante. Su sucesor, Benedicto XVI, piensa que la cruz también se lleva desde la renuncia y ello, a la distancia de cinco años, es de una evidencia palmaria.
Hace unos días, Benedicto XVI, que cumplirá 91 años en abril y vive retirado en el pequeño monasterio Mater Eclessiae, dentro del Vaticano, escribió a un periodista del Corriere della Sera una breve carta ante el deseo de los lectores de saber cómo transcurre el «último periodo de su vida». Comentando su salud actual, ha escrito:
–Puedo decir solo que, en el lento disminuir de las fuerzas físicas, interiormente voy en peregrinaje hacia la Casa.

domingo, 4 de febrero de 2018

Maldición gallega

Después de misa mayor, el lunes 5 de febrero de 1624, repicó la Giralda por la elección para el arzobispado de Sevilla de don Luis Fernández de Córdoba, arzobispo de Santiago. El 23 de mayo tomó posesión en su nombre el deán don Francisco Monsalve e hizo su entrada solemne por la puerta de la Macarena donde fue recibido por los dos cabildos, eclesiástico y secular, el viernes 5 de julio.
El Abad Gordillo, testigo de esta época sevillana, afirmó que este arzobispo «no tuvo tiempo para conocer su esposa», es de­cir, su diócesis, puesto que murió al año de su llegada. Y confiesa que «en Madrid se sintió de su venida conforme a un pronóstico o proverbio muy antiguo asentado con que afirma que el Prelado que deja la Iglesia de Santiago no se logra donde quiera que vaya, y que de esto se han visto ejemplos infinitos».
A los gallegos no les hacía ni chispa de gracia que sus prela­dos, que guardaban el depósito sagrado del cuerpo de San­tiago, pudieran apetecer una diócesis por encima de la suya. Y sus canónigos maldecían a todo aquel pretencioso prelado que así hiciera.
Curiosamente, la maldición tuvo efecto con el primero que se atrevió a tal cambio. Se llamaba Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, que pasó de la arzobispal de Santiago a la de Sevilla en 1569. Y aunque su vida se prolongó hasta 1571, no logró entrar en la capital hispalense sino después de muerto. Enterrado está en la capilla de la Antigua, en la peana del altar. Con la maldición cumplida de los gallegos.
En 1569 sobrevino sobre Santiago una peste terrible que produjo gran mortandad, lo que causó en «la complexión delicada» del arzobispo una fuerte impresión. Solicitó con urgencia la sede de Sevilla, vacante desde diciembre, y le fue concedida con inusitada prontitud (22 junio 1569). El 13 de octubre tomó posesión en su nombre Alonso de Revenga, ar­cediano de Santiago, quedando de gobernador de la diócesis.
En Santiago no fue bien visto que solicitase su tras­lado a Sevilla, por ese viejo litigio de considerarse San­tiago más importante que la archidiócesis hispalense, al ex­tremo de que se lee en un viejo papel del cabildo composte­lano que «los viejos de Santiago dixeron luego que no lo go­zaría mucho, porque nunca se dexara Santiago por Sevilla». Y así fue: no llegó a Sevilla sino después de muerto.
Fue creado cardenal por Pío V el 7 de mayo de 1570. Curiosa­mente, mientras Felipe II acude a visitar Andalucía a la es­pera de la llegada de Alemania de su cuarta esposa, su so­brina Ana de Austria, y llega a Sevilla en abril de 1570, el arzobispo de Sevilla aún no ha pisado tierra andaluza. Comi­sionado por el rey acude a Santander a esperar la lle­gada de la nueva soberana. Esta desembarcó el 3 de octubre y, lle­gada a Segovia, se desposó el 12 de noviembre.
Tras estos acontecimientos, Gaspar de Zúñiga decide vi­sitar por primera vez su nueva diócesis, pero puesto en ca­mino enfermó en Jaén, muriendo el 2 de enero de 1571. En su testa­mento disponía que «me lleven a Sevilla, a aquella Santa Iglesia, et pedimos a los señores Deán y Cabildo, nos fagan merced et limosna de darnos enterramiento junto a la pos­trera grada de la puerta, por do habíamos de entrar en aque­lla Iglesia, et allí se nos ponga una losa rasa, sin que pueda ocupar nada y diga: Aquí yace el Arzobispo Cardenal de Sevilla D. Gaspar de Zúñiga, que murió antes que entrase en esta Iglesia y se mandó enterrar en ella de limosna». Pero, por disposición del cabildo, fue enterrado en la capilla de Ntra. Sra. de la Antigua.
Esta maldición gallega tuvo efecto, al decir de los gallegos, en don Luis Fernández de Córdoba al morir poco después de su entrada y no poder gozar de tan pingüe diócesis.
Pero a pesar de esta maldición, los prelados, cuando podían, solían solicitar Sevilla como un paso grande en su promoción episcopal. Y parece ser que la maldición dejó de cumplirse, porque el cardenal Agustín Spínola fue arzobispo de Sevilla de 1645 a 1649 y murió, no por la maldición, sino por esa maldita peste que se propagó en Sevilla y dejó diezmada la ciudad. Su sobrino Ambrosio Spínola, que también pasó por Santiago, rigió la sede hispalense de 1669 a 1684. Y en nada se cumplió tampoco con don Luis de Salcedo y Azcona, arzobispo de Sevilla de 1722 a 1741, cuyo sepulcro puede contemplarse en la capilla de la Antigua frente al del carde­nal Mendoza, en un deseo de réplica trabajado por Duque Cor­nejo.
Salcedo dejó buena memoria en Santiago, visitando per­sonalmente toda la diócesis, cosa que no se hacía desde el tiempo del arzobispo Sanclemente, que rigió la diócesis com­postelana de 1587 a 1602. Pero su imagen quedó empañada por su aceptación de la mitra hispalense. Salcedo escribió a su cabildo notificándole que había sido presen­tado para la sede de Sevilla, noticia que había recibido del rey «tan no espe­rada de la complacencia y superior consuelo con que me ha­llaba sirviendo a Ntro. Sto. Apóstol e igual deseo de mere­cer la sepultura a vista de su Sagrado Cuerpo». A saber hasta qué punto estas palabras no dejan de ser una floritura estilística. Así lo debieron entender los canóni­gos compos­telanos. Su cabildo nombró una comisión para ex­presar al prelado «la estimación que hace de las expresiones en su carta de su amor a esta Sta. Iglesia y juntamente ex­presan a Su Illma. el sentimiento de el Cabildo por dejar ésta por otra Silla por las circunstancias que su Illma. tendrá bien presente así de el amor de el Cabildo a su per­sona, como las demás tan privilegiadas que concurren en esta Sta. Iglesia y Casa Apostólica de nro. Patrón Santiago, las que haciendo siempre dolorosas estas mutaciones de sus Pre­lados, no podrá ser menos sensible en la de su Illma., y que solo el que en este tránsito pueda algún motivo grande par­ticular que sea de la conveniencia de su Illma. haberle em­peñado a esta re­solución, podrá servir al Cabildo de algún consuelo...».         
Salcedo se ausentó a Soria, lugar de su familia, a es­perar las bulas de Roma y el cabildo le despidió con evi­dente frialdad y despego.
Salcedo había vivido en Sevilla unos años de joven es­tudiante, al ser nombrado su padre Asistente de la ciudad de 1683 a 1685. Estudió gramática y filosofía en el Colegio Ma­yor de Santo Tomás y leyes y cánones en Santa Ma­ría de Je­sús. En ese tiempo optó a una canonjía en la cate­dral, pero el ca­bildo le rechazó aduciendo su corta edad. Cuando años des­pués tomó posesión del arzobis­pado, surgió en él aquel re­cuerdo de juventud que se tradujo en la siguiente anéc­dota.
El 17 de marzo de 1723 hizo su en­trada en la ciu­dad como arzobispo de Sevilla y el 19, fiesta de San José, tomó posesión de su asiento en el coro de la catedral, puesto que no había podido lograr en su juventud. El arzo­bispo, mali­ciosamente, exclamó aquella sentencia bí­blica: Lapidem quem reprobaverunt aedificantes, hic factus est ca­put anguli (La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra an­gular). Y el deán, muy atento y sin in­mutarse, continuó el versículo bíblico: A Domino factum est istud, et est mira­bile in oculis nostris (La ha puesto el Señor: ¡qué maravi­lla para nosotros!).

martes, 30 de enero de 2018

Santa Ángela de la Cruz, oficiala de calzado

Ya saben mis lectores antiguos la debilidad que siento por esta santita sevillana. De ella tengo escritos dos libros y no sé cuántos artículos. Por eso, cuando llega este día, 30 de enero, fecha de su nacimiento, no puedo por menos que escribir algo de ella.
Pero este cariño no es solo mío. Todo el mundo en Sevilla conoce su nombre, lo venera y lo respeta. Que le pregunten a un sevillano quién es Sor Ángela de la Cruz, que así la seguimos llamando a pesar de encontrarse ya en los altares.
–Sor Ángela de la Cruz es Sor Ángela de la Cruz, y basta.
Que una voz forastera trate siquiera de empañar su nombre, y verá.
Amigos, en lo tocante a Sor Ángela, en Sevilla no existen montes­cos y capuletos, o séase, béticos y sevillistas, o si me apuran, y con perdón, de la Esperanza Macarena o de la Esperanza de Triana.
Aquí todo el mundo en general es de Sor Ángela de la Cruz.


 Un día, «llegada a la edad competente», según he leído, es decir, cuando ya era una buena moza, su madre la colocó en un taller de calzados sito en la calle del Huevo, a la sombra misma del Orato­rio de San Felipe Neri. Un enjambre de chavalas cosía y recosía las botas lustrosas que luego lucían lo mejor de la ciudad, incluida ca­nonjía y clerecía. Estaba regido por doña Antonia Maldonado, mujer honesta y piadosa que no toleraba murmuración ni chismes en su ta­ller.
Ella misma, ya anciana, al ser atendida por Hermanas de la Cruz que cariñosamente Sor Ángela le enviaba, contaba a éstas las peripe­cias de su Madre Fundadora en aquellos años de oficiala de calzado.
Doña Antonia guarda muy presente, a pesar de los años, los re­cuerdos de la mejor alumna que pasó por su taller. Es como un mimo barajar los recuerdos de aquellos años felices. Y se deleita con­tándolos a las Hermanas...
Por ejemplo, les cuenta cómo Angelita daba todos los viernes su comida a los pobres y cómo, llegada la hora del mediodía, se ponía de rodillas delante de sus compañeras y de doña Antonia Maldonado y les pedía, por caridad, unos mendrugos de pan que añadir a su li­mosna.
Doña Antonia le reñía cariñosamente:
–Angelita, hija, yo te doy todo lo que quieras, pero ¿por qué haces esto?
Pero ella repetía siempre la misma escena.
A fe que esto que cuento está ratificado por el testimonio de doña Antonia Maldonado y sus compañeras de taller. Si nos hallamos ante una vida sencillamente prodigiosa, no es extraño que de vez en cuan­do asome la perla de un prodigio.
Ocurrió en el taller de doña Antonia. Angelita, como arrobada, en puro éxtasis, está suspensa en el aire. Como todas las tardes, doña Antonia dirige el rosario en la parte alta del taller. Se suceden monótonamente las avemarías cuando una especie de grito exclamativo re­corre la habitación.
Todas las chicas miran a Angelita que, con rostro sereno y sonrien­te, permanece estática elevada del suelo.
Doña Antonia, inteligente y discreta, ordena a las chicas que bajen al despacho de abajo y prosigan su tarea.
Bajan en silencio.
Pasó el tiempo... Una hora más tarde bajó Angelita.
Y ante las miradas ansiosas y sorprendidas de sus compañeras, sólo supo decir con el máximo candor:
–¡Me dejaron ustedes dormida!
Esto del arrobamiento lo aprendió Angelita, es un decir, de San Francisco de Asís. Ella misma contó años más tarde que por aquel entonces asistió a una función de la Orden Tercera en la capillita de la calle Cervantes. Del sermón del fraile, que habló del seráfico santo, sacó Angelita la siguiente conclusión:
–Al oír que el santo parecía no posar los pies en el suelo, sentí gran deseo de vivir desprendida de todo y pisar la tierra sin pisarla.
Y se puso a cavilar de qué podía ella desprenderse para acercarse a la vida ejemplar del santo. Encontró un pañolito de talle, muy bonito, y se lo regaló a su hermana Dolores.
Podéis imaginar que la madre de Angelita reciba todos estos he­chos prodigiosos de su hija con no poca satisfacción. Se le podría aplicar lo que los Evangelios cuentan de la Virgen María: «Su madre conservaba en su interior el recuerdo de todo aquello».
Pero hay una cosa que la madre de Angelita no pudo guardar en su interior. Y es una exclamación de sensatez frente a las cosas de su hija.
A Angelita le daba por las penitencias. Cuando notaba que en las comidas algo le apetecía especialmente por lo delica­do y sabroso, le echaba de hurtadillas un poquito de ceniza para res­tarle sabor.
Y su madre, que ponía sumo esmero en condimentar la comida, la sorprendió un buen día. Su reacción fue inmediata, y lógica:
–Angelita: tú haces todas las penitencias que quieras; pero no me estropees con porquerías la comida.

miércoles, 24 de enero de 2018

San Francisco de Sales, patrono de los periodistas

Hoy, 24 de enero, es la festividad de san Francisco de Sales. Si nos preguntamos por qué ha sido escogido como patrono de los periodistas, habremos de contestar: porque distribuía casa por casa y colaba bajo las puertas hojillas impresas en sus controversias con los protestantes calvinistas. Inventó lo que se llama la hoja parroquial, al poner en la camilla de todas las casas un resumen escrito de sus sermones cotidianos que la familia leía a la luz de la lumbre. Sabía muy bien que muchas de sus hojillas irían a parar al fuego y que la mayoría caería en manos de gente que no sabía leer; pero no se arredraba. Se dirigía a Dios y le decía con fervor: «Dios mío, bendecid mi semilla». Y observaba, en un mundo hostil impregnado de calvinismo, cómo de vez en cuando alguien, a su paso, inclinaba la cabeza.


Tiene Francisco de Sales, el que fuera obispo de Ginebra en el exilio, la talla humana de aquellos que se adelantan a su tiempo, y en esto hemos de alegrarnos los periodistas. Tenemos un santo patrono que no se ha hecho viejo, su pensamiento reflejado en sus escritos sigue aún palpitante y conserva toda su vigencia en el convulsionado mundo de nuestros días. Si quisiéramos nos podría ser de utilidad el seguir sus buenos consejos, su inspiración, o incluso su devoción. «Intercede por nosotros, santo patrono», podría ser un modelo de jaculatoria. Pero me temo que el gremio periodístico en su conjunto no está por la labor. Y eso le pierde. San Francisco de Sales fue un hombre excepcional, y sería bueno que los periodistas supieran de sus andanzas.
Obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia, san Francisco de Sales nació en 1567 en el castillo solariego de la familia de Sales, en la Alta Saboya. Realizó sus estudios en Annecy (no lejos de Ginebra, y a 110 kilómetros de Lyon donde se halla enterrado), en París y en la Universidad de Padua. Espíritu abierto, acogió con serenidad positiva todas las novedades de su tiempo. Valgan estos ejemplos: sostuvo las tesis de Galileo, dio su cuerpo a la medicina, propuso una espiritualidad en medio del mundo, mantuvo correspondencia cordial con muchos hombres y mujeres a los que abrió los caminos de una vida cristiana optimista y amable. Fue un sacerdote y obispo postconciliar, con todas las connotaciones que esta palabra ha adquirido en nuestro tiempo: nacido cuatro años después de la clausura del concilio de Trento (1563), se esforzó con firme dulzura en aplicar sus enseñanzas en sus visitas a las parroquias de Saboya y lograr, con sus predicaciones y sus escritos, una auténtica renovación religiosa.
Juan Pablo II lo describió muy bien cuando, en octubre de 1986, en su visita a Francia, veneró los restos del santo, y expresó:
–Entre los santos que han llevado el mensaje evangélico a sus contemporáneos de tantas maneras, Francisco forma parte de los que supieron encontrar un lenguaje adaptado. Diríamos hoy que es un hombre de comunicación. En sus cartas y en sus libros llama la atención por su estilo, en el que resplandece su experiencia espiritual, al mismo tiempo que su profundo conocimiento de los hombres. Patrono de los periodistas, ojalá les inspire en su trabajo para un conocimiento lúcido de aquéllos a los que se dirigen, con un respeto fraternal por aquéllos que comparten la verdad.
Era un hombre de carácter, como lo fue su padre, el señor de Boisy, que con cierto dejo de ironía solía decir: «¿Cómo voy a creer en una religión que tiene doce años menos que yo?», refiriéndose naturalmente al calvinismo. Pero Francisco de Sales es también el hombre de la dulzura y de la fina sensibilidad. Ha pasado a la historia como el santo de la dulzura, del humanismo devoto y de la dirección espiritual. Descubrió la espiritualidad laical –vivir en el mundo y ser un cristiano devoto– que no se plasmaría hasta nuestros días en el Concilio Vaticano II. Y en la dirección espiritual, sostuvo imperiosamente la libertad de conciencia. Díganme ustedes, ante ciertas espiritualidades de hoy día, si esto no es actual. Ved esta regla de oro de la espiritualidad salesiana: «Si os ocurre el dejar de cumplir algo de lo que os mando, no tengáis escrúpulos, porque la regla general de vuestra obediencia es ésta, escrita con letras capitales: HAY QUE HACERLO TODO POR AMOR Y NADA POR LA FUERZA». A su amigo Rolland le amonestó una vez, en el mismo sentido: «Mi querido amigo Rolland, hacemos lo que debemos como podemos; no nos debemos preocupar de lo demás». A mí me suenan estas palabras como pan tierno recién salido del horno. Su lema era: «Ni más ni menos». Un hombre práctico, asentado en la tierra, con sentido común.
Su oratoria –porque predicó mucho, y vaya esto para los predicadores– estaba adornada de un fino humor y de un lenguaje sencillo y familiar. Huía de la erudición y de los gestos ampulosos. En 1604, el joven obispo de Bourg le pidió consejo de cómo había que predicar. Y Francisco de Sales le confeccionó un directorio del predicador que, como buen periodista que era, lo resumió en las preguntas claves que todo reportero se hace: qué, quién, cómo, cuándo... Y le respondió al obispo desarrollando estas preguntas: «¿Quién debe predicar? ¿para qué? ¿qué se debe predicar? ¿cómo se predica?».
Huyó de la tentación cortesana y palaciega del París del siglo XVII, cuando el rey le propuso pasar a esa diócesis. Prefirió quedarse en la suya, entregado pastoralmente a su pueblo, viviendo en una casa pequeña y sencilla, vistiendo sotana de sarga morada con un atuendo pobre pero limpio. «Me disgusta –decía, en rasgo de honradez– no ser pobre; con frecuencia he deseado serlo, y sin embargo nunca he podido conseguir este deseo ya que nunca me ha faltado de nada». Y solía decir: «El dinero es como una escalera: si la lleváis sobre los hombros, os aplasta; si la ponéis a vuestros pies, os eleva».
Fundador de las Hijas de la Visitación, las Salesas, se encontró en París con otro fundador, san Vicente de Paúl, el de las Hijas de la Caridad. Y surgió la amistad entre ambos. Los dos santos «se entendieron fácilmente sobre dos puntos fundamentales: Dios lo es todo y en el mundo hay muchos pobres». Y Vicente de Paúl pronunció de Francisco de Sales este bonito elogio: «¡Dios mío, si es tan bueno el obispo de Ginebra, cuán bueno debes ser Tú!».

viernes, 19 de enero de 2018

Don Marcelo Spínola, el beato mendigo

En aquel cuerpo tan flaco, ascético y sencillo, ocultaba el buen arzobispo don Marcelo Spínola una madera recia de santo. Luis Montoto, contemporáneo suyo y que trabajó en el palacio arzobispal de Sevilla, cono­ciendo hasta los tosidos del clero, lo retrató así:
–Algo ha­bía en su gesto y en su figura que delataba al noble de ra­za... Señoril gravedad, distin­ción exquisita. ¿Quién puede olvidar el perfil elegante de aquel anciano de aniñado rostro y dulce mirada? A los que sepan leer en las fisonomías, aquellos ojos francos y efusivos, aquella frente despejada y aquel perfil de asceta, dirán más de cuanto se puede escri­bir... ¡Qué alma tan fina debió animar su cuerpo de tan deli­cados trazos! De él se ha escri­to «era hombre ante el cual no tenía puesto la indiferencia: había que amarle o adorar­le»... Era la amabilidad, la atención, la benevolencia, la cortés ayuda lo que se cifraba en su actitud... Apenas se com­prende cómo alentaba en cuer­po tan endeble un corazón tan esforzado.


Siendo obispo auxiliar de Sevilla hubo de padecer la chochera de su arzobispo el cardenal Lluch, que tenía algo reblandecido el cerebro, y los malos modos de su secretario parti­cular, un tal Bernabé, que trajo de Barcelona y acabó de canónigo de Sevilla, no preci­samente por sus méritos ni buenos modales. Yo digo que aquí se muestra la madera de santo, en saber aguantar estoi­camente con humildad y en silencio, los muchos agravios que le llegaron de la cúpula arzobispal.
Tachado de carlista por su mismo arzobispo Lluch, que era liberal, hubo de soportar este sambenito durante toda su vida. Hasta hubo de escribir una vez una carta a la reina regente donde exclamó aque­llo de que «el arzobispo de Sevilla, Señora, no es hombre de partido; es sólo un prelado de la Iglesia católica».
En 1905 Sevilla sufre una terrible sequía. En agosto la situación es desesperante. Don Marcelo reúne una junta en su palacio para que ingenie la recogida de dinero y organice cocinas económicas que palíen el hambre de la gente. No contento con ello, sale a la calle, y puerta a puerta, como un mendigo, pide limosnas pa­ra los pobres. Ese mismo año, 11 de diciembre, Pío X le creó cardenal. ¡Al fin, después de vencidos los mil obstáculos de la política reinante! A los pocos días llegó a Sevilla el legado pontificio que le impu­so el solideo. El 31 de di­ciembre, en Madrid, el rey le colocó la birreta. Don Marcelo, flaco y decaído, sufre de este vaivén de ir y venir en tren a Madrid. El 12 de enero debe volver a la corte: se casa la hermana del rey, infanta María Teresa, y resultaría feo que el nuevo cardenal de Sevilla no estuviera presente. Que no se le pueda achacar una vez más de carlista. De vuelta a Sevilla el 13 de enero, don Marcelo acude al santuario de la Virgen de Regla en Chipiona para la bendición de la nueva iglesia. No se le puede convencer de que permanezca en Sevilla. A la vuelta de Chi­piona se echó a morir. Falleció el 19 de enero de 1906, rodeado de los suyos y con el clamor en los labios de los sevillanos de que había muerto un prelado santo.
Las Esclavas Concepcionistas, congregación fundada por don Marcelo, no sólo celebran este día de su fundador sino toda esta semana, que para ellas, sus hijas, es la «Semana de don Marcelo». Y tienen razón por la feliz coincidencia de estas fechas significativas: 14 de enero de 1835, nacimiento en San Fernando (Cádiz); 15 de enero del mismo año, su bautismo; 16 de enero (san Marcelo), su onomástica, y 19 de enero de 1906, como hemos visto, su muerte santa. A estas fechas han añadido otra: 29 de marzo (1987), día en que el papa Juan Pablo II lo beatificó elevándolo a la gloria de los altares. El único cardenal del siglo XX –¡ya es mérito!– que logró tan bienaventurado puesto. Sus restos mortales se hallan en la capilla de los Dolores de la catedral hispalense.

sábado, 13 de enero de 2018

Auschwitz. ¿Por qué, Señor, callaste?

Desde el 1 de diciembre de 2017 hasta el 16 de junio de 2018 está abierto en Madrid la «Exposición Auschwitz», una emotiva y rigurosa muestra sobre el mayor campo nazi alemán, con más de 600 objetos originales. Se encuentra en el Centro de Exposiciones Arte Canal, Plaza de Castilla, Paseo de la Castellana, 214. Ocasión propicia para recordar una vez más la barbarie humana que supuso el Holocausto, cuyo lugar más emblemático de tanto odio y horror es precisamente el campo de exterminio Auschwitz-Birkenau.


Los tres últimos Papas han visitado este tétrico lugar. Juan Pablo II lo visitó el 7 de junio de 1979 y lo llamó «Gólgota del mundo moderno»:
–Vengo pues y me arrodillo en este Gólgota del mundo moderno, sobre estas tumbas, en gran parte sin nombre, como la gran tumba del Soldado Desconocido. Me arrodillo delante de todas las lápidas de Birkenau, en las que se ha grabado la conmemoración de las víctimas de Auschwitz en las siguientes lenguas: polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, serbo-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano. En particular, me detengo junto con vosotros, queridos participantes de este encuentro, ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abrahán, que es padre de nuestra fe (cf. Rom 4, 12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que ha recibido de Dios el mandamiento de «no matar», ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia. Quiero detenerme, además, delante de otra lápida: la que está en lengua rusa. No añado ningún comentario. Sabemos de qué nación habla. Sabemos qué parte ha tenido esta nación, durante la última guerra por la libertad de los pueblos. Tampoco ante esta lápida se puede pasar con indiferencia. Finalmente, la última lapida: la que está en lengua polaca. Son seis millones de polacos los que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial: la quinta parte de la nación. Una etapa más de las luchas seculares de esta nación, de mi nación, por sus derechos fundamentales entre los pueblos de Europa. Un nuevo alto grito por el derecho a un puesto propio en el mapa de Europa. Una dolorosa cuenta con la conciencia de la humanidad. He elegido tres lápidas. Sería necesario detenerse ante cada una de ellas, y así lo haremos…
Benedicto XVI visitó Auschwitz-Birkenau el domingo 28 de mayo de 2006. Comenzó su discurso diciendo:
–Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia, es casi imposible; y es particularmente difícil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania. En un lugar como este se queda uno sin palabras; en el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?
El Papa Francisco lo visitó el 28 de julio de 2016, tercer día de su visita apostólica a Polonia, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud Cracovia 2016. Ingresó al campo de concentración a pie, pasando por el portal en el que los nazis escribieron «Arbeit macht frei» (el trabajo te hace libre). Rezó en soledad durante un largo rato para besar después uno de los postes del complejo carcelario. Tuvo un encuentro con sobrevivientes de Auschwitz y oró ante el «muro de la muerte», donde fueron asesinados, con un disparo en la nuca, muchos prisioneros. Visitó también la «celda del hambre», en la que falleció San Maximiliano Kolbe. Escribió en el cuaderno de recuerdos del Museo de Auschwitz un mensaje de piedad y perdón: «Señor, perdona tanta crueldad». Y con una oración en silencio frente al monumento en Auschwitz, el Papa Francisco rindió homenaje a los Justos entre las Naciones, reconocimiento judío para quienes, sin profesar esa religión, los ayudaron durante la persecución alemana en la II Guerra Mundial.
Auschwitz, a 50 kilómetros de Cracovia, en la Alta Silesia, montado sobre un antiguo campamento del ejército polaco, es el símbolo de la barbarie nazi, sinónimo de Shoah, sinónimo de Holocausto. Construido en mayo de 1940, en la línea férrea entre Katowice y Cracovia cerca de Oswiecim, fue concebido en principio como campo de concentración de prisioneros polacos, pero en 1942 se transformó, cuando se tomó la decisión de la «solución final», en un verdadero campo de exterminio, donde murieron más de un millón de personas, la mayoría de ellas judíos.
Entre ellos, también Edith Stein, filósofa judía convertida al cristianismo, ingresada en un convento de carmelitas descalzas con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz y gaseada en Auschwitz el 9 de agosto de 1942. La Iglesia la ha elevado a los altares y la ha proclamado patrona de Europa.
Auschwitz era, como dejó escrito un superviviente ruso:
—Muerte, muerte, muerte: muerte por la noche, muerte por la mañana, muerte por la tarde… La muerte estaba presente en todo momento.