viernes, 19 de enero de 2018

Don Marcelo Spínola, el beato mendigo

En aquel cuerpo tan flaco, ascético y sencillo, ocultaba el buen arzobispo don Marcelo Spínola una madera recia de santo. Luis Montoto, contemporáneo suyo y que trabajó en el palacio arzobispal de Sevilla, cono­ciendo hasta los tosidos del clero, lo retrató así:
–Algo ha­bía en su gesto y en su figura que delataba al noble de ra­za... Señoril gravedad, distin­ción exquisita. ¿Quién puede olvidar el perfil elegante de aquel anciano de aniñado rostro y dulce mirada? A los que sepan leer en las fisonomías, aquellos ojos francos y efusivos, aquella frente despejada y aquel perfil de asceta, dirán más de cuanto se puede escri­bir... ¡Qué alma tan fina debió animar su cuerpo de tan deli­cados trazos! De él se ha escri­to «era hombre ante el cual no tenía puesto la indiferencia: había que amarle o adorar­le»... Era la amabilidad, la atención, la benevolencia, la cortés ayuda lo que se cifraba en su actitud... Apenas se com­prende cómo alentaba en cuer­po tan endeble un corazón tan esforzado.


Siendo obispo auxiliar de Sevilla hubo de padecer la chochera de su arzobispo el cardenal Lluch, que tenía algo reblandecido el cerebro, y los malos modos de su secretario parti­cular, un tal Bernabé, que trajo de Barcelona y acabó de canónigo de Sevilla, no preci­samente por sus méritos ni buenos modales. Yo digo que aquí se muestra la madera de santo, en saber aguantar estoi­camente con humildad y en silencio, los muchos agravios que le llegaron de la cúpula arzobispal.
Tachado de carlista por su mismo arzobispo Lluch, que era liberal, hubo de soportar este sambenito durante toda su vida. Hasta hubo de escribir una vez una carta a la reina regente donde exclamó aque­llo de que «el arzobispo de Sevilla, Señora, no es hombre de partido; es sólo un prelado de la Iglesia católica».
En 1905 Sevilla sufre una terrible sequía. En agosto la situación es desesperante. Don Marcelo reúne una junta en su palacio para que ingenie la recogida de dinero y organice cocinas económicas que palíen el hambre de la gente. No contento con ello, sale a la calle, y puerta a puerta, como un mendigo, pide limosnas pa­ra los pobres. Ese mismo año, 11 de diciembre, Pío X le creó cardenal. ¡Al fin, después de vencidos los mil obstáculos de la política reinante! A los pocos días llegó a Sevilla el legado pontificio que le impu­so el solideo. El 31 de di­ciembre, en Madrid, el rey le colocó la birreta. Don Marcelo, flaco y decaído, sufre de este vaivén de ir y venir en tren a Madrid. El 12 de enero debe volver a la corte: se casa la hermana del rey, infanta María Teresa, y resultaría feo que el nuevo cardenal de Sevilla no estuviera presente. Que no se le pueda achacar una vez más de carlista. De vuelta a Sevilla el 13 de enero, don Marcelo acude al santuario de la Virgen de Regla en Chipiona para la bendición de la nueva iglesia. No se le puede convencer de que permanezca en Sevilla. A la vuelta de Chi­piona se echó a morir. Falleció el 19 de enero de 1906, rodeado de los suyos y con el clamor en los labios de los sevillanos de que había muerto un prelado santo.
Las Esclavas Concepcionistas, congregación fundada por don Marcelo, no sólo celebran este día de su fundador sino toda esta semana, que para ellas, sus hijas, es la «Semana de don Marcelo». Y tienen razón por la feliz coincidencia de estas fechas significativas: 14 de enero de 1835, nacimiento en San Fernando (Cádiz); 15 de enero del mismo año, su bautismo; 16 de enero (san Marcelo), su onomástica, y 19 de enero de 1906, como hemos visto, su muerte santa. A estas fechas han añadido otra: 29 de marzo (1987), día en que el papa Juan Pablo II lo beatificó elevándolo a la gloria de los altares. El único cardenal del siglo XX –¡ya es mérito!– que logró tan bienaventurado puesto. Sus restos mortales se hallan en la capilla de los Dolores de la catedral hispalense.

sábado, 13 de enero de 2018

Auschwitz. ¿Por qué, Señor, callaste?

Desde el 1 de diciembre de 2017 hasta el 16 de junio de 2018 está abierto en Madrid la «Exposición Auschwitz», una emotiva y rigurosa muestra sobre el mayor campo nazi alemán, con más de 600 objetos originales. Se encuentra en el Centro de Exposiciones Arte Canal, Plaza de Castilla, Paseo de la Castellana, 214. Ocasión propicia para recordar una vez más la barbarie humana que supuso el Holocausto, cuyo lugar más emblemático de tanto odio y horror es precisamente el campo de exterminio Auschwitz-Birkenau.


Los tres últimos Papas han visitado este tétrico lugar. Juan Pablo II lo visitó el 7 de junio de 1979 y lo llamó «Gólgota del mundo moderno»:
–Vengo pues y me arrodillo en este Gólgota del mundo moderno, sobre estas tumbas, en gran parte sin nombre, como la gran tumba del Soldado Desconocido. Me arrodillo delante de todas las lápidas de Birkenau, en las que se ha grabado la conmemoración de las víctimas de Auschwitz en las siguientes lenguas: polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, serbo-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano. En particular, me detengo junto con vosotros, queridos participantes de este encuentro, ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abrahán, que es padre de nuestra fe (cf. Rom 4, 12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que ha recibido de Dios el mandamiento de «no matar», ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia. Quiero detenerme, además, delante de otra lápida: la que está en lengua rusa. No añado ningún comentario. Sabemos de qué nación habla. Sabemos qué parte ha tenido esta nación, durante la última guerra por la libertad de los pueblos. Tampoco ante esta lápida se puede pasar con indiferencia. Finalmente, la última lapida: la que está en lengua polaca. Son seis millones de polacos los que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial: la quinta parte de la nación. Una etapa más de las luchas seculares de esta nación, de mi nación, por sus derechos fundamentales entre los pueblos de Europa. Un nuevo alto grito por el derecho a un puesto propio en el mapa de Europa. Una dolorosa cuenta con la conciencia de la humanidad. He elegido tres lápidas. Sería necesario detenerse ante cada una de ellas, y así lo haremos…
Benedicto XVI visitó Auschwitz-Birkenau el domingo 28 de mayo de 2006. Comenzó su discurso diciendo:
–Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia, es casi imposible; y es particularmente difícil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania. En un lugar como este se queda uno sin palabras; en el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?
El Papa Francisco lo visitó el 28 de julio de 2016, tercer día de su visita apostólica a Polonia, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud Cracovia 2016. Ingresó al campo de concentración a pie, pasando por el portal en el que los nazis escribieron «Arbeit macht frei» (el trabajo te hace libre). Rezó en soledad durante un largo rato para besar después uno de los postes del complejo carcelario. Tuvo un encuentro con sobrevivientes de Auschwitz y oró ante el «muro de la muerte», donde fueron asesinados, con un disparo en la nuca, muchos prisioneros. Visitó también la «celda del hambre», en la que falleció San Maximiliano Kolbe. Escribió en el cuaderno de recuerdos del Museo de Auschwitz un mensaje de piedad y perdón: «Señor, perdona tanta crueldad». Y con una oración en silencio frente al monumento en Auschwitz, el Papa Francisco rindió homenaje a los Justos entre las Naciones, reconocimiento judío para quienes, sin profesar esa religión, los ayudaron durante la persecución alemana en la II Guerra Mundial.
Auschwitz, a 50 kilómetros de Cracovia, en la Alta Silesia, montado sobre un antiguo campamento del ejército polaco, es el símbolo de la barbarie nazi, sinónimo de Shoah, sinónimo de Holocausto. Construido en mayo de 1940, en la línea férrea entre Katowice y Cracovia cerca de Oswiecim, fue concebido en principio como campo de concentración de prisioneros polacos, pero en 1942 se transformó, cuando se tomó la decisión de la «solución final», en un verdadero campo de exterminio, donde murieron más de un millón de personas, la mayoría de ellas judíos.
Entre ellos, también Edith Stein, filósofa judía convertida al cristianismo, ingresada en un convento de carmelitas descalzas con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz y gaseada en Auschwitz el 9 de agosto de 1942. La Iglesia la ha elevado a los altares y la ha proclamado patrona de Europa.
Auschwitz era, como dejó escrito un superviviente ruso:
—Muerte, muerte, muerte: muerte por la noche, muerte por la mañana, muerte por la tarde… La muerte estaba presente en todo momento.

domingo, 7 de enero de 2018

La encíclica «perdida» de Pío XI

He leído en estos días pasados el libro del teólogo Hans Küng «Siete papas», es decir, los siete últimos Papas con los cuales él ha convivido, desde Pío XII hasta el papa Francisco. El libro me ha interesado porque me ha hecho revivir a mí también los papas que han coincidido con mi vida. Pero si tuviera que hacer una crítica del libro de Küng, sabiendo el ego subido que tiene –que parece que habla más ex cáthedra que los propios papas–, hay que tomar su libro con reserva. Salva tan solo al papa Luciani (Juan Pablo I), porque vivió 33 días papales; al papa Francisco, que llevaba tan solo dos años de papado cuando acabó su libro; y en parte a Juan XXIII. Pero es demasiado cruel con Pío XII, Juan Pablo II y Benedicto XVI, a pesar de que éste, compañeros de cátedra que fueron, le recibiera en Castelgandolfo, residencia de verano de los papas, y estuviera con él toda una tarde, más de cuatro horas entre el despacho papal, paseo por los jardines e invitación a la cena. Y a pesar de ello…


Papas Pío XI y Pío XII

El papado de Pío XII –criticado por Küng desde todos los ángulos– no me es ajeno, a pesar de que murió cuando yo tenía diecisiete años. Le he dedicado algún tiempo a estudiarlo y fruto de ello ha sido mi libro titulado «Pío XII versus Hitler y Mussolini». Creo con perdón que en la relación de Pío XII con respecto a los judíos, en concreto, sé yo algo más que el soberbio Hans Küng. Pero me voy a referir aquí a la encíclica inédita de Pío XI contra el racismo y el antisemitismo, de 1938, que quedó sobre su mesa a su muerte. Küng afirma, como muchos otros enemigos de Pío XII, que «Pacelli, ya papa, no la publicó». O sea, que la escondió.
¿Qué sucedió con el borrador de la encíclica Humani generis unitas, que así se llamaba? Pues simplemente que fue a los archivos a la muerte de Pío XI, como los demás documentos que estaban sobre su mesa de despacho.
John Cornwell, el autor de El papa de Hitler, dedica un largo espacio a tratar de este tema y lo titula: «La encíclica ‘perdida’». Llevado de su fobia hacia el papa Pacelli, no tiene rubor de afirmar, sin que aporte ninguna prueba, que «Pacelli lo ocultó» y, más adelante, «enterró el documento en los archivos secretos del Vaticano».
Dejando de lado las fantasías de Cornwell, no hay constancia de que Pío XI llegara siquiera a leerla, ni que satisficiera los sentimientos del pontífice. De hecho, la encíclica hubiera creado serios problemas al Concilio Vaticano II, cuando se promulgó la Declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Había en el texto de la encíclica inédita ciertas expresiones, circunstanciales del momento en que fueron escritas, pero dichas como un acto del magisterio ordinario, que no cuadrarían con el escenario posterior de encuentro religioso de la Iglesia con la religión judía.
–No quiero imaginarme –dice en una entrevista el jesuita padre Pierre Blet, profesor de Historia de la Igleisa en la Gregoriana de Roma– qué hubiera sucedido si el Papa hubiese consentido publicar un texto así.
Otros, en cambio, opinan que la promulgación de la encíclica en aquel momento hubiera ayudado a la comunidad cristiana, especialmente la alemana, a calibrar la gravedad del racismo y del antisemitismo y la sensibilización del problema judío.
De hecho, en la primera encíclica de Pío XII, Summi Pontificatus, publicada en octubre de 1939, recoge ideas de la encíclica «escondida». Siete días después de su publicación, 27 de octubre, el New York Times se hace eco de ello:
–Según fuentes de las altas esferas del Vaticano, el tema de la encíclica, en especial en lo que concierne a los estados totalitarios, podría provenir de un mensaje inédito que Pío XI, el predecesor del pontífice actual, escribió al parecer justo antes de su muerte.
La existencia de esta encíclica inédita se conocía ya desde los años cincuenta del siglo pasado en los Estados Unidos, donde vivía el jesuita John LaFarge, pero no el texto. En 1972 el National Catholic Reporter citó algunos artículos. Pero será Georges Passelecq, monje de la abadía benedictina de Maredsous, en la región de Namur, Bélgica, quien publique íntegramente «la encíclica de Pío XI que Pío XII no publicó» en 1995, en unión de Bernard Suchecky, conservador responsable de archivos en el Museo Judío de Bélgica, en Bruselas.
Se avivaron de nuevo las polémicas sobre un presunto comportamiento acomodaticio de Pacelli con relación al régimen hitleriano y este tema se unió al cúmulo de argumentos que atacaban a Pío XII, desde distintos frentes, por sus supuestos silencios.
Pío XII consideró el problema alemán como prioritario desde el mismo momento del inicio de su pontificado. Y trató de actuar con una política de distensión y diplomacia, distinta de su predecesor, que a la larga resultaría igualmente ineficaz, porque enfrente existía un ser imprevisible, llamado Hitler, que por sus acciones se mostraba como un loco y un criminal.
El jesuita Giovanni Sale confiesa que ambas posturas: a favor y en contra de su publicación «parecen plenamente compatibles y nos inducen a pensar que la Iglesia ha perdido una ocasión preciosa en ese momento para denunciar de modo solemne al mundo entero teorías abiertamente contrarias a la doctrina cristiana». Y añade:
–Se equivoca sin embargo quien sostiene que detrás de la frustrada promulgación de la Humani generis unitas hubo inconfesables intrigas curiales, oscuros complots jesuíticos, o cosas por el estilo, tratando de hacer callar al Papa o de obstaculizar su voluntad… Por desgracia, una cierta literatura histórica está más interesada en la leyenda que se ha formado en torno a la «encíclica escondida» o tránsfuga, que al dato documental y a su correcta interpretación.
Otro día, cuando crea oportuno, hablaré del supuesto no apoyo de Pío XII a los obispos holandeses, que, según Küng, «se comprometieron públicamente a favor de los judíos. Así, allí los esbirros nazis tuvieron las manos libres». Creo que Küng anda ya en los noventa y al parecer padece de alzheimer. Sea todo ello en su descargo.

martes, 2 de enero de 2018

Teresa de Lisieux nació un 2 de enero

Esperaban un «misionero» y llegó «la reinecita», «el florón de la corona», «la reina de Francia y de Navarra», como la llamará su padre.
El médico, al salir de la habitación del parto, dijo a Luis Martín, el padre, para consolarlo:
—Será misionera.
Es el 2 de enero de 1873, calle de San Blas, 36, en Alençon, una ciudad de la Baja Normandía francesa, capital del departamento de Orne, a unos 180 kilómetros al sudoeste de París, con una población en aquel entonces de unos 12.000 habitantes. Una ciudad tranquila, atravesada por el río Sarthe, donde el padre de Teresa, aficionado a la pesca, llevará las truchas capturadas al convento de clarisas, y con una industria peculiar, el punto de encaje o punto de Alençon, floreciente industria en aquel tiempo, en el que Celia, la madre, es experta y ha montado su propia industria.


 Celia escribió al día siguiente del parto a su cuñada, que vive en Lisieux:
—Mi hijita nació ayer, jueves, a las once y media de la noche. Es muy fuerte y sana. Me dicen que pesa ocho libras; aunque lo dejemos en seis, no está mal. Parece muy linda.
Y le cuenta la primera impresión de su hijita, que hace el noveno de sus partos:
—Estoy contentísima. Sin embargo, en un primer momento me quedé sorprendida, pues esperaba tener un niño. Me lo había imaginado así desde hacía dos meses, pues la notaba como mucho más fuerte que a los demás hijos que tuve.
No fue niño, fue niña, «la reinecita», como la llamará el padre por eso de ser la más pequeña de una camada de cinco hermanas, ya que otros cuatro, dos varones y dos hembras, han fallecido a muy temprana edad.
—La bautizaremos mañana, sábado —cuenta a su cuñada—: sólo faltaréis vosotros para que la fiesta sea completa. María será la madrina, y un niño más o menos de su edad el padrino.
María, la madrina, es la hermana mayor, tiene doce años. El padrino es un jovencito llamado Pablo Alberto Boul, hijo de un amigo del padre, que morirá muy joven en 1883.
La niña fue bautizada el 4 de enero, por la tarde, en la iglesia de Notre-Dame por el abate Dumaine. Se le puso de nombre María Francisca Teresa. María, porque a todas las hijas les han dado el nombre de la Virgen. Francisca, por san Francisco de Sales, en atención a sor María Dositea, hermana de la madre, monja visitandina como se dice en Francia o salesa en España, y Teresa, nombre que predominará.
Sor María Dositea es tozuda. Vive en un convento en Le Mans, a corta distancia de Alençon en tren. Como esperan un niño, quiere que se llame Francisco, como su santo fundador. Pero Celia, la madre, prefiere llamarlo José. No le gusta el nombre de Francisco, no lo aceptará.
Nació niña y el nombre que imperará será el de Teresa, como la niña que la ha precedido, nacida en 1870 y fallecida a los dos meses de edad.
Como Teresita mostrase síntomas alarmantes de una enfermedad intestinal, como los otros hijos muertos, sor María Dositea reza a san Francisco de Sales por su curación y promete al santo que si la niña se cura se llamará Francisca.
La niña se curó y la superiora de las visitandinas rogó a sor María Dositea que escribiera a su hermana para que respetara la atribución del nombre de Francisca.
—Cuando recibí la dichosa carta —cuenta Celia a su hermano—, me quedé desconcertada. Nuestra hermana me decía que había hecho esa promesa convencida de que yo la ratificaría, y que le había dicho a san Francisco de Sales que, si yo no accedía a llamar a la niña con su nombre, él quedaría libre de escucharme y en ese caso, añadía ella, a mí no me quedaba otra cosa que prepararle el ataúd.
Es duro que a una madre, que ha perdido ya cuatro hijos, se le diga que puede perder el quinto por quítame y pon un nombre. Pero Celia es porfiona y manifiesta a su hermano que no está dispuesta a cambiar de nombre a su hija.
—A fin de cuentas —le dice—, ¿qué más le da a san Francisco de Sales que se llame con un nombre o con otro? Mi negativa no puede ser una razón para hacerla morir...
Pero Celia empieza a dudar.
—¿Qué dices tú de todo esto? ¿He sido culpable?
Y le viene la inquietud por ese «ataúd que tenía que mandar que le preparasen si no quería acceder a la promesa de mi hermana».
Suplica a su hermano:
—Por favor, escríbeme a vuelta de correo, pues, si tardas, probablemente mi Teresita esté ya muerta. Prefiero llamarla Francisca o como sea a tener que hacerle un ataúd. ¡Esto me hace temblar de sólo pensarlo!
Y se sincera:
—Si alguien viese esta carta, pensaría que he perdido la cabeza.
No murió y siguió llamándose Teresa. Cosas de familia.
Santa Teresa de Lisieux, o Santa Teresita del Niño Jesús, tras su muerte en el monasterio de carmelitas descalzas de Lisieux el 30 de septiembre de 1897. Dijo ella:
–Después de mi muerte, haré descender una lluvia de rosas... cuento con no estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Se lo pido a Dios y estoy segura de que me escuchará. ¿No están los ángeles continuamente ocupados de nosotros, sin cesar nunca de contemplar el rostro divino, de abismarse en el océano sin orillas del Amor? ¿Por qué no ha de permitirme Jesús imitarles? 

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Centenario de Murillo

El pintor Murillo nació en el barrio de la Magdalena el 31 de diciembre de 1617. Este año, en el Cuarto Centenario de su nacimiento, Sevilla lo celebra con una magna exposición de sus cuadros. Pero me voy a referir aquí, no al Centenario de su nacimiento sino a la celebración del Tercer Centenario de su muerte, acaecida en 1682.
El jesuita Juan Bautista Moga había sido destinado a Sevilla en 1877, para restablecerse de su salud un tanto dañada con sus estudios de filosofía. De espíritu inquieto y con tiempo libre, congregó junto a sí a un grupo de estudiantes provenientes de distintos centros escolásticos sevillanos: la Universidad, la Escuela de Medicina, el Seminario, el Instituto y la Escuela de Comercio. El motivo que los aunó fue la preparación del jubileo de la Inmaculada en 1879, con motivo del 25 aniversario de la proclamación del dogma. Tuvieron misa solemne en el Salvador el domingo infraoctavo de la Inmaculada, repleta la iglesia de jóvenes, y procesión posterior con estación en la catedral.


Ese inquieto grupo de jóvenes que se arracimó junto al padre Moga para las fiestas del aniversario, no se dispersó tras el jubileo y se constituyó, bajo la batuta del jesuita, en Congregación de Jóvenes de la Inmaculada Concepción.
Pero aún no tenían sus estatutos aprobados por la jerarquía eclesiástica, cuando será disuelta de un plumazo por el arzobispo Lluch, que, dicho sea de antemano, mostraba en sus últimos tiempos blandura de cerebro, o séase, una especie de locura senil.
Ocurrió en 1882. La Asociación quiere conmemorar el segundo centenario de la muerte de Murillo, el pintor por excelencia de las Inmaculadas. Los festejos consistirán en una velada literaria, misa solemne, funeral por Murillo y procesión «cívico-religiosa» por las calles de Sevilla. Tendrían lugar los días 19, 20 y 21 de mayo. El padre Moga tuvo la ocurrencia de unir a la exaltación de Murillo, la de la Inmaculada y la figura del pontífice Pío IX. Sería una conmemoración eminentemente religiosa, realizada por jóvenes católicos, sin connotación política alguna.
El matiz político se lo dieron otros. Entre los jóvenes de la Asociación los había carlistas y mestizos, es decir, del área liberal. Pero en la Asociación estaban por el hecho de ser católicos. Sin embargo, la voz corrió por Sevilla: el Centenario de Murillo pretende ser una exaltación del carlismo.
Las celebraciones comenzaron bien. El 19 de mayo, hubo misa solemne en el trascoro de la catedral, presidida por una Inmaculada de Murillo. Por la tarde, velada literaria en el patio de las Doncellas del Alcázar. Presidió el obispo auxiliar, Marcelo Spínola, y entre poesías, discursos y piezas musicales en honor de la Inmaculada y en recuerdo de Pío IX transcurrió el acto.
Al día siguiente, funeral por Murillo en la parroquia de la Magdalena por la mañana y nueva velada en el Alcázar por la tarde. Preside el arzobispo Lluch, su eminencia. Se le da ya este tratamiento, como cardenal de la Iglesia. Aunque el consistorio en el que será nombrado no se celebrará hasta dentro de unos días, el 28 de mayo, ya se sabe de su nombramiento.
La velada transcurrió con cierta normalidad, quebrada un tanto por la excitación de un joven orador, de signo carlista. Al final hubo vivas a todo el mundo, al Papa, al padre Moga, a la Compañía de Jesús, a Murillo, a la Inmaculada... menos al arzobispo. Y le sentó fatal. Desde ese momento, las reticencias que el arzobispo mostraba hacia esta conmemoración y hacia sus organizadores se convirtió en terca hostilidad.
Al día siguiente, domingo 21 de mayo, salía la procesión de la iglesia del Salvador. En el ambiente se mascaba el drama. Los niños con las banderas, los cofrades con sus insignias... al final, una carroza con un lienzo de la Concepción, que reproduce una Inmaculada de Murillo. Rodean la carroza los sacerdotes cofrades de San Pedro Advíncula. Entre ellos, como un cofrade más, el obispo auxiliar, don Marcelo Spínola. Momentos antes de ponerse en marcha la procesión, aún dentro de la iglesia, el obispo auxiliar recibió una comunicación de palacio: que no represente en la procesión al arzobispo. Don Marcelo, siguiendo los dictados de su conciencia, decide salir en nombre propio, como un cofrade más de la Hermandad de San Pedro Advíncula. Sale la procesión. Marcha hacia la plaza del Museo, donde se halla la estatua en bronce de Murillo.
En aquel momento, Luis Montoto tomaba posesión de una plaza de académico en la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla. Se celebraba el acto en el salón de la Academia de Medicina, situado en el antiguo Colegio de los Ingleses, calle de las Armas (actual Alfonso XII). Hora, las tres de la tarde. Comenzó Montoto la lectura de su discurso de ingreso sobre la poesía lírica del siglo XIX. Llevaba unas páginas leídas cuando notó que el público se revolvía en sus asientos y muchos salían precipitadamente del salón. La voz del director se alzó para poner orden y silencio al toque de la campanilla. «¡Que si quieres! –cuenta el propio Montoto–. Momentos después quedaba yo solo en la sala de actos, más muerto que vivo y diciendo entre mí: Dios mío, ¿tan malo es mi discurso que he ahuyentado al auditorio y a la misma Academia en pleno?».
Pero no era el discurso de Luis Montoto. «La causa fue la noticia, que corrió de boca en boca, de que las turbas –el noticiero anónimo exagera siempre la importancia de los hechos– apaleaban, herían y aun mataban a todos los jóvenes católicos y a todos los sacerdotes que, honrando a Murillo, iban en procesión desde el Museo a la Catedral, para depositar coronas al pie de los mejores cuadros del pintor de la Inmaculada».
Poco después se reanudó el acto académico. Montoto acabó su discurso como pudo y la gente volvió a casa rápidamente para ponerse a seguro.
–¡Buen día de fiesta fue el de la fiesta de mi ingreso en la Academia!–exclamó el nuevo académico.
Al llegar la procesión a la plaza del Museo hubo un alboroto y alguna que otra piedra. Los insultos de cierta chusma se sucedieron contra los curas, la Inmaculada, los jesuitas, el carlismo. En el revuelo que se formó, asoman los gritos de las madres que buscan a sus hijos pequeños que, vestidos de angelitos, forman en la procesión. A pesar del tumulto y la confusión, la procesión no se descompuso, acortó su recorrido, y por el camino más corto se metió de nuevo en la iglesia del Salvador. Don Marcelo Spínola, subido en el púlpito, calmó las ansias de los jóvenes, alabó su paciencia durante la procesión y les exigió promesa formal de no vengarse.
En el Diario de los niños, del colegio de los jesuitas de la calle Argote de Molina, se lee lo ocurrido el 21 de mayo de 1882: «Por la tarde salieron los niños a las tres y cuarto a ver la procesión artístico-religiosa conmemorativa del segundo centenario de Murillo. Aunque la vuelta se había fijado para las seis y media, casi todos volvieron antes, a causa de las patrullas que comenzaron a recorrer las calles de la ciudad gritando «¡Viva la República!» «¡Mueran los curas...! ¡mueran los jesuitas!».
En los días siguientes, el colegio de los jesuitas estuvo amenazado de incendio. Por fortuna, la cosa no pasó a mayores. Pero todo quedó enrarecido desde entonces. El arzobispo, que no andaba en sus cabales, retiró las licencias de confesar y predicar al padre Moga y disolvió la Congregación de Jóvenes de la Inmaculada. Los jesuitas plegaron velas, cerraron el colegio y lo trasladaron a Málaga.
Existe un relato de los hechos, versión jesuítica, que desenmascara la postura inconsecuente del arzobispo. Es una carta del provincial de Toledo, Agustín Delgado, al padre asistente de los jesuitas. Carta fechada el 5 de junio de 1882. Echa la culpa a la francmasonería del desorden provocado en la procesión. Pero le advierte también de la culpa del arzobispo Lluch. «Lo que no sabrá es que el flamante Cardenal supo lo que iba a haber y se calló y consintió, en que las mejores de sus ovejas fueran objeto de aquel atropello en odio a la secta carlo-farisaica como él llama a los católicos genuinos. Luego para congraciarse con los gobernantes y liberales y manifestar su reprobación a lo efectuado por la escogida juventud de Sevilla y al mismo tiempo hacer alarde de su ningún amor, por no decir otra cosa, a nuestra Compañía, y que castigaba su iniciativa en la demostración católica dio dos decretos: uno disolviendo la congregación de jóvenes de la Inmaculada, y otro quitando al P. Moga las licencias absolutas de confesar y predicar... Pero ¿qué más? si a una comisión de sacerdotes que fue a visitarlo después de los sucesos tuvo la frescura de decirles que no había motivo para alarmarse: porque qué importaba que gritasen «muera el Papa», siendo mortales los Papas, y por consiguiente habiendo de morir León XIII: y que de las blasfemias no tenían la culpa los que las profirieron sino los carlo-farisaicos que los provocaron a ello».
El cardenal Lluch es responsable a medias. Está pirado, esto le disculpa. Y además, llevado en su senectud por un buen pájaro que se trajo de Cataluña y que le tiene totalmente dominado. Por nombre Bernabé, este clérigo mayordomo, al que concedió la prebenda de una canonjía, provocó no pocos incidentes en la diócesis y amargó aquellos tiempos al santo obispo auxiliar Marcelo Spínola. Sirva esto de disculpa de tanto disparate como hizo en estos últimos días de su vida el arzobispo Lluch. Porque se morirá meses después, en Umbrete, en la residencia de verano de los arzobispos, prácticamente solo, «secuestrado» de su familiar don Bernabé.
De los jesuitas decía el arzobispo –de tendencia liberal y enemigo descarnado de los carlistas–, «que éramos unos canallas que abusábamos del confesionario para hacer a los penitentes carlistas». Y también, «que varios de los nuestros capitaneaban con el Sr. Gago la secta carlofarisaica, que en el centenario había hecho una manifestación escandalosa, que va a ir a Roma a desengañar a León XIII a quien tienen engañado como al pobre Pío IX». «En fin –cuenta el provincial de Toledo–, el buen Sr. si no está chi... está poseído de un furor inconcebible en un prelado y Cardenal de la Sta. Iglesia contra todo lo bueno, que es como juzgan los que son menos mirados en el hablar».
La Sevilla católica comentaba sotto voce estos acontecimientos, por ese respeto reverencial hacia la figura del arzobispo. Sólo el canónigo Mateos Gago levantó la voz en defensa de los jesuitas. Y el obispo auxiliar Spínola, que ofreció un relato pormenorizado de los hechos al nuncio.
A la semana, el viejo arzobispo devolvió las licencias al padre Moga, pero la Congregación de la Inmaculada quedó prohibida por la eternidad.
El cardenal Lluch –un obispo eminente, lástima de estas lagunas de última hora– murió el 23 de septiembre. El padre Moga, que desapareció de Sevilla, fue invitado casi todos los años para predicar en los quinarios de las cofradías sevillanas y la del Silencio le honró con el título de consiliario perpetuo. Murió en Sevilla el 7 de mayo de 1911.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Eclipse de sol por la muerte de Bécquer

En la mañana fría del 23 de diciembre de 1870, los restos mortales de Gustavo Adolfo Bécquer son enterrados en la Sacramental de San Lorenzo de Madrid. Había muerto el poeta sevillano el día anterior, 22 de diciembre, en su casa de Madrid, calle Claudio Coello del barrio de Salamanca, a las diez de la mañana, a los treinta y cuatro años de edad.
Media hora después de su muerte, a las diez y media de la mañana, un eclipse total de sol oscureció el cielo de Sevilla como si los sevillanos hubieran echado un telón oscuro al astro rey para enlutar la ciudad en oscuro silencio por la muerte del poeta.


En la Rima 25, Bécquer había presentido:

En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.

–Seguramente que deseo vivir –escribió en 1869, cercano ya a su muerte prematura–, porque la vida, tomándola tal como es, sin exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos; pero vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes, sin ambiciones, con esa felicidad de la planta que tiene a la mañana su gota de rocío y su rayo de sol; después un poco de tierra echada con respeto y que no apisonen y pateen los que sepultan por oficio; un poco de tierra blanda y floja que no ahogue ni oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna hierba que me cubra con su manto de raíces, y por último, un tapial que sirva para que no aren en aquel sitio ni revuelvan los huesos. He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono. Ser una comparsa en la inmensa comedia de la humanidad; y, concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se aperciba siquiera de mi salida.
Este es Bécquer, pendulando siempre de un nihilismo fatal a la profunda creencia en la resurrección de la carne. En su tercera carta Desde mi celda había escrito:
–Soñaba esa vida tranquila del poeta que irradia con suave luz de una en otra generación; soñaba que... cuando la muerte pusiese un término a mi existencia, me colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad a la orilla del Betis... Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo mi monumento... Pasado algún tiempo, y después que la losa comenzara a cubrirse de manchas de musgo, una mata de campanillas, de esas campanillas azules con un disco de carmín en el fondo que tanto me gustaban, crecería a su lado enredándose por entre sus grietas...; para leer mi nombre, ya borroso por la acción de la humedad y los años, sería preciso descorrer un cortinaje de verdura. Pero, ¿para qué leer mi nombre...? En la tarde, y a la hora en que las aguas del Guadalquivir copian temblando el horizonte de fuego, la árabe torre y los muros romanos de mi hermosa ciudad, los que siguen la corriente del río en un ligero bote que deja en pos de sí una inquieta línea de oro, dirían al ver aquel rincón de verdura donde la piedra blanqueara al pie de los árboles: «Allí duerme el poeta».
No fue así, como soñara Bécquer. Pero sí pudo descansar a orillas del Guadalquivir y a la sombra de la árabe torre, aunque no con el musgo y las campanillas azules asomando por las grietas de su sepulcro. Sevilla solicitó en abril de 1884 el traslado de sus restos para ser depositados en el templo de la Universidad Literaria. Pero se opuso el director general de Instrucción Pública don Aureliano Fernández Guerra. Pasaron unos años y la Academia Sevillana de Buenas Letras gestionó de nuevo su traslado en octubre de 1910.
Concedido el permiso hay que esperar esta vez a que el Ayuntamiento sevillano cuente en sus presupuestos de 1912 con la cantidad de cuatro mil pesetas para los gastos del traslado. Por fin, exhumados sus restos y los de su hermano Valeriano, llegaron a Sevilla el 9 de abril de 1913, en una mañana lluviosa, que si a la muerte del poeta el sol de Sevilla se ocultó en eclipse, al llegar sus restos el cielo de la ciudad que le vio nacer se abrió en lluvia de llanto. Cuarenta y tres años hacía de la muerte de Bécquer y treinta y uno de los esfuerzos fallidos de José Gestoso por traer a Sevilla los restos del poeta.
Enterrado está desde entonces en la iglesia de la Anunciación, Panteón Sevillano de Hombres Ilustres. Se lo recuerda al visitante un ángel funerario, sin espada alguna, con el libro de las Rimas en su mano izquierda y un escudo en su derecha, donde se lee: «En la cripta de este templo yacen las cenizas del poeta Gustavo Adolfo Bécquer. Por acuerdo e iniciativa de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras fue erigido este monumento a expensas del Ilmo. señor marqués de Casa Dalp. MCMXIV».
En su deseo de que figurase en la galería de sevillanos ilustres de la Biblioteca Colombina el retrato de Gustavo Adolfo Bécquer, José Gestoso regaló en 1879 una pintura, obra del pintor Sánchez Barbudo, pero el cuadro fue relegado a un oscuro rincón, como la lira que evocó el poeta.

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.

Gestoso recuperó el óleo en 1885 y lo depositó en la biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País. Pasados unos años, cuando la figura de Bécquer se condensa en el recuerdo exclusivo y siempre fresco de sus rimas y leyendas, el retrato de Bécquer fue colocado de nuevo en la Biblioteca Colombina.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Esperanza Macarena

Llegó hace unos años a Sevilla una monja mexicana, franciscana clarisa, que reside en el convento de Santa María de Jesús. Y le enseñé algo de la ciudad.
–¿Qué quieres ver de Sevilla, sor Leticia? –le dije.
–La Macarena– me contestó.
No me dijo ver la Giralda, la Torre del Oro o el Barrio de Santa Cruz. Quería rezar a los pies de la Macarena, que para ella era la Virgen de Sevilla, como la Guadalupana lo es de México.
¿Cómo le explico que existen en Sevilla otras bellísimas imágenes, como la Virgen de los Reyes, patrona de la ciudad y de la archidiócesis, la Hiniesta, patrona municipal, la Trianera, etcétera, etcétera?
En México se habla de la Macarena, ella solo sabe de la Macarena, ha oído ponderar su extraordinaria belleza. Quiere ver a la Macarena.
Y la complací.


Hoy es su día, 18 de diciembre, Nuestra Señora de la Esperanza.
La Macarena es un lujo de Sevilla, su postal más bella, la embajadora de esta tierra de María Santísima. Sevilla, sabedora de ello, la coronó canónicamente en 1964 y el Ayuntamiento le impuso en 1971 la Medalla de Oro de la ciudad.

Ya cada nueva mañana
es la Giralda oración
que en repique de campana
canta tu Coronación
¡Macarena Soberana!
...
Para amainar esa pena
que surca por tu mejilla
–nardo, jazmín y azucena–
te va a coronar Sevilla
¡Esperanza Macarena!

Son las Coplillas de la Macarena, de Antonio Rodríguez Buzón, que pronunció el Pregón de la Coronación en el Teatro San Fernando con motivo de su coronación canónica el 31 de mayo de 1964.
La Virgen, preciosa, fue trasladada a la catedral la tarde del 27 de mayo. Durante los tres días siguientes se celebró un triduo, presidido cada día por un obispo. La coronación, prevista realizarse en la Plaza de España, hubo de suspenderse ante el inoportuno aguacero que cayó la madrugada del 31 de mayo. Se celebró ese día por la tarde en el trascoro de la catedral, oficiado el acto por el cardenal Bueno Monreal. En la presidencia de honor se hallaba el general Franco con su esposa. Actuaron de padrinos el Ayuntamiento de Sevilla, representado por su alcalde, don José Hernández Díaz, y las Hermanas de la Cruz, representadas por una niña acogida, Inmaculada Rodríguez.
El retorno a su iglesia hubo de retrasarse varios días debido al mal tiempo. La Virgen fue devuelta a su templo el 3 de junio, siete días después de haber salido de él. La gente macarena, con mucha gracia, se lo reprochó cariñosamente con esta copla:

¡Te fuiste por cuatro días
y tardas siete en volver!
¡Madre mía, Macarena,
no nos lo vuelvas a hacer!

La fundación de la Hermandad de la Macarena fue así, en pocas palabras.
Los monjes basilios comenzaban sus primeros pasos en Sevilla con la fundación del Colegio de San Basilio, en la actual calle Relator, cuando el padre Bernardo de la Cruz, su fundador, pensó acompañar la nueva casa con una especie de orden tercera o nueva hermandad de penitencia, de rigurosa espiritualidad y decidida vocación caritativa hacia los enfermos de hospitales, recogiendo así la espiritualidad basiliana. Presentada la licencia de erección de la Cofradía de Nuestra Señora de la Esperanza y hermandad de penitencia a la autoridad eclesiástica, fue aprobada por el canónigo Iñigo de Lisiñana, provisor y vicario general del arzobispo don Rodrigo de Castro, el 24 de noviembre de 1595. Fecha considerada como arranque de la Hermandad de la Macarena, más de cuatro siglos ya de existencia.
Treinta años después, en 1624, se constituyó en cofradía y logró entrar en el reducido número de las que procesionaban en Semana Santa.
En 1653, la hermandad se trasladó de San Basilio a la iglesia parroquial de San Gil, en el barrio de la Macarena. Tomó entonces el título de la Sentencia de Muerte que dieron a Cristo Nuestro Redentor y María Santísima de la Esperanza. A finales del siglo XVIII se fusionó con la Hermandad del Santo Rosario de San Gil, con la condición de que cada corporación conservara mayordomo y secretario propios. El título definitivo de la cofradía, conocida popularmente por la Macarena, es hoy Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad de Nuestra Señora del Rosario, Santísimo Cristo de la Sentencia y María Santísima de la Esperanza.
Y en San Gil, la parroquia del popular barrio de la Macarena, ha permanecido la Hermandad hasta la llegada del Frente Popular en febrero de 1936 con la posterior quema del templo el 18 de julio, inicio de la guerra cvil. La Virgen Macarena, previsoramente oculta desde febrero en la vivienda de un cofrade, se salvó. En la iglesia de la Anunciación, de la antigua Universidad, se le dio culto hasta la inauguración de su nueva sede en 1949, adosada a la parroquia de San Gil. El 7 de octubre de 1966, el nuevo templo fue consagrado como Basílica menor, con todas las gracias y privilegios concedidas por los Papas a estos santuarios, enaltecidos por su devoción, peregrinación de fieles y ornamentación especial.